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domingo, 17 de septiembre de 2017

tierra y vivienda

(Este texto lo escribí para la Audiencia Pública sobre la Problemática Habitacional en nuestro pueblo que se hizo ayer en la Primaria. En el texto, le agradecí a la agrupación Vecinos Unidos por la solicitud de la audiencia pero, hasta que no ví la presentación de todos los datos que recolectaron y la información sobre el estado actual de los terrenos y la situación habitacional, no había entendido el alcance real de todo el trabajo que habían hecho. Así que doblemente gracias. Luego de la audiencia, me quedo con la idea de que estamos de acuerdo en que el pueblo tiene que crecer, hacia afuera, con reglas claras y planificación. 
Lamento la negativa del CAP a poner el número de terrenos sobre la mesa pero, sobre todo, lamento el motivo que adujeron. El pueblo de El Chaltén no se va a pelear por 20, 30 o 40 terrenos. El pueblo es solidario. Queremos que se planifique el crecimiento. Tenemos que pensar a largo plazo y actuar ahora en base a un plan claro.
También aprovecho para agradecer a las familias y amig@s que en un momento o en otro, me dieron una mano y me dejaron habitar sus lugares: Marina y Merlin, Flor y Lucas, Ana y Leo, Mónica y Gabriel. Y a los super carpinteros que en dos meses y medio hicieron aparecer una cabañita de la nada. Gracias.
¡Ah! Y todo esto... es político, profundamente político. No nos confundamos.)



Foto: Vecinos Unidos de El Chaltén
Agradezco a todas las personas que generaron este espacio, especialmente a la agrupación Vecinos Unidos, que solicitó la audiencia pública para que podamos acceder a la información actual y que los y las vecinas podamos hacernos escuchar.
Mi nombre es Laura [...], soy originaria de Buenos Aires, y vivo en El Chaltén desde el 2009. Voy a hacer un resumen de mi historia personal, que no es original, es la de muchas personas: Cuando llegué, vivía en el depósito de la agencia en la que trabajaba. Ése invierno, una familia amiga me prestó su casa y en la primavera encontré una cabañita para vivir y desarrollar mi actividad comercial. En 2011 empecé a trabajar como docente. La cabaña se inundaba cada vez que llovía hasta que pude enchaparla. A los dueños no parecía importarles mucho. No tenía ventilación en la planta alta, pero tenía contrato de alquiler. En febrero del año pasado me avisaron que no iban a volver a renovar el contrato, porque la iban a transformar en un alojamiento turístico o vender. Busqué, pero no encontré, una casa donde vivir dignamente y no tener que dejar más de la mitad del sueldo en alquiler. Muchos propietarios calculan el valor del alquiler como lo que puede pagar una pareja con dos trabajos.
Decidí construir una cabaña móvil, y una compañera de la escuela, otra familia amiga, me prestó una esquina de su terreno. A fines de octubre me pude mudar.
Lo que no incluí en el relato son las peregrinaciones al Consejo Agrario, las reuniones con sucesivos Presidentes y Vocales, las notas y documentación enviadas continuamente. En 2010 la Directora Arbilla me dijo que el proyecto que yo quería presentar no era lo que el pueblo estaba necesitando, así que lo modifiqué. En 2012, cuando vino el Director Cárcamo en el invierno pude abrir el expediente de pedido de tierras. Así que me emocioné cuando, en uno de los viajes a Gallegos en 2015, ví que mi carpeta tenía un papelito verde prendido con el texto “Separar para entregar terreno”. Pero llegó la última entrega antes de la Municipalización y éso no pasó. Y todo lo que es Tierras se puso en pausa, aunque vemos que cada tanto aparece algún alambrado nuevo.
En acciones concretas, lo que pido a las autoridades es la consideración de los siguientes puntos:
1.    Los alojamientos para el personal de temporada deben ser revisados para que cumplan condiciones dignas de habitabilidad e inspeccionados anualmente.
2.    Las viviendas destinadas a alquiler permanente también deben ser inspeccionadas. La Municipalidad debiera contar con un ente que regule y controle estos contratos. Pensemos que en muchas de las construcciones más precarias viven familias con niños ¿tenemos que esperar que haya otro accidente que cueste vidas por los problemas de calefacción y aireación de las casas?
3.    Sabemos que el pueblo de El Chaltén va a crecer. Tenemos que hacerlo con planificación y reglas claras de adjudicación de tierras para promover el desarrollo comunitario. El Consejo Agrario debe transferir la documentación a la Municipalidad y la Municipalidad debe acordar con los y las propietarias de las tierras lindantes al ejido actual: Parques Nacionales y Estancias. Debe revisarse la venta de las tierras aledañas a la propiedad de la familia Madsen. Por otro lado ¿Qué pasa con los terraplenes que se encuentran del otro lado del rio Fitz Roy, detrás de Vialidad Nacional?
4.    Sabemos que a los intereses privados se les hace agua la boca cuando piensan en aumentar sus propiedades aquí en el pueblo, o en “otros pueblos”. Es necesaria una regulación de la cantidad de tierra que individuos, empresas o socios de ellas pueden poseer para evitar la concentración. 
5.    Lo mismo con la especulación inmobiliaria. La tierra para quien la habita y desarrolla la comunidad, ya sea desde los sectores de infraestructura o de industria turística. Implementar trabas a la venta o transferencia de los terrenos adjudicados para vivienda o uso mixto.
6.    Asegurar que las organizaciones de desarrollo social, cultural y deportivo de la comunidad tengan un lugar central en la planificación. Hoy todas las fuerzas de seguridad y hasta el Banco Santa Cruz cuentan con terrenos, la única fuerza que realizó una construcción es Prefectura (les quedó linda). Los terrenos del Banco Santa Cruz, Gendarmería y Ejército Argentino deben ser re-adjudicados. Es una vergüenza que continúen aspirando a terrenos sin haber puesto un ladrillo en todos estos años.  A futuro, ésto se puede rever.
7.    Siempre pienso que no hay que desarmar lo que ya se construyó y funciona. La Agrupación Gaucha y las áreas de Reserva Urbana, no deben ser tenidas en cuenta como futuras áreas a construir. También, la Biblioteca Popular Mujer Pionera necesita definiciones sobre su espacio. Y el pueblo necesita espacio para que se desarrollen nuevas organizaciones culturales.
8.    El edificio del Secundario y del Jardín. Los necesitamos ya. Los y las estudiantes necesitan el espacio, la escuela necesita el espacio. Y esto es solamente una parte de la infraestructura que necesita la comunidad para desarrollarse… desde las cisternas de agua de SP que no dan abasto, pasando por una provisión de energía contaminante en ruido y gases y que depende de la transitabilidad de la ruta, el manejo de los residuos y hasta el Puesto Sanitario que todavía no cuenta con un pediatra (o una pediatra). Tantas cosas que muestran que necesitamos pensarnos y tomar decisiones a largo plazo desde nuestra localidad. Es hora.

Ya en el ´92 le dijeron a Anabel de La Choco que no había tierras en el pueblo. Yo miro alrededor y veo valles y estepa sin uso real. ¿Es necesario dañar el bosque? ¿Es necesario construir unos sobre los otros, cada vez más amontonados y peleados? ¿Que cada vecino se deba erigir en árbitro de quien se “merece” un terreno y quién no?
Desde el Preámbulo de nuestra Constitución se habla de “promover el bienestar general”. Sin planificación y reglas claras, sabemos que se generan conflictos entre vecinos. El Artículo 14 bis también declara que es responsabilidad del Estado garantizar el acceso a una vivienda digna.

Espero que, después de los testimonios que se escuchan hoy, se tome conciencia real de lo que necesitamos para el desarrollo de nuestro pueblo. Y se actúe. Gracias.

jueves, 19 de febrero de 2015

cumbre o mate: travesía al r.r.d.

Quien siga las líneas que aparecen por este rinconcito de la Internet de tanto en tanto, sabrá que ya hice varios intentos a ese elusivo destino chaltenense: el Refugio Rio Diablo, sito en la punta Norte del Lago del Desierto. El honor de la casa queda masomenos resguardado por el hecho de que la que suscribe no es la única que se perdió en el camino. Varias veces.

    Así que con el fin de semana largo de Carnaval en vista, y no tentándome demasiado la cuestión de la Fiesta del Lago de Calafate, decidí rumbear para el Norte y darle una paseada a la zona… a ver si en esta oportunidad los caminos se abrían. En la semana previa me empezaron a temblequear las patas pensando en una travesía en solitario y busqué co-expedicionarios: Andre se prendió enseguida y creo que, sin su empujón, me hubiera pasado el finde en casa haciendo fiaca. Lo que me hubiera perdido. Mario estaba que sí, que no, que tiro una moneda, que Calle 13 y que Catupecu Machu. Así que la noche anterior a la partida decidió que saldría el domingo (nosotras salíamos sí o sí el sábado, yo tengo mis limitaciones para la caminata y Andre tenía que estar trabajando el martes de nuevo)…       Por supuesto que Andre y yo ni pensamos que, después del pogo del sábado y con un mapa ad-hoc que le había hecho el amigo O., este muchacho iba a aparecerse en el refugio. No way, José. Little did they know…

    Ese cambio de último momento nos generó algunas corridas el sábado, ya que Andre no recibió mi mensaje a tiempo pero, entre una recorrida a todas las agencias abiertas, con la colaboración de Leo-en-bicicleta, y la inestimable ayuda de Los salteños que me aguantaron la mochila mientras corría a lo de Andre a buscarla, pudimos empezar la fase uno a eso de las ocho y algo de la matina.
    Pero para Lago del Desierto no pasaba ni una cachaña trasnochada… ¿se habría ido todo el mundo tras las luces del vaudeville y las mareas humanas en Calafate? Don´t panic, valiente hitchhiker: nos levantó un muchacho que trabajaba en Los Huemules y nos alcanzó el primer tirón; y de ahí justo pasó Ricardo, del Albergue Patagonia, que iba con la excursión de las bicis y nos llevó hasta el lago. En el camino íbamos hablando de los visones y su científico rock-star, del avistaje de huemules y la remera que se iba a hacer Andre (“Los huemules me ven pasar”), de D. que se iba a hacer kayak (él decía) para (nosotras suponíamos) lanzar su campaña a la intendencia desde el centro de Laguna Cóndor (si el centro no era demasiado profundo).
    Llegamos, pero la Huemul ya había zarpado… le dijimos chau desde el muelle y nos fuimos a ver si la embarcación de las 12 podría cargarnos hasta el otro lado del Lago. Finalmente sí, podía, así que habremos llegado a Punta Norte antes de las 13, lo suficiente como para pronosticar un buen avance por el valle… y, quién sabe, quizás llegar al Refugio el mismo día. Nos registramos en Gendarmería (Andre hizo ilusionar a un joven gendarme con rumores de una gendarme femenina que estaría por ser destinada al destacamento… no le conocía esa veta de maldad).  
    Y salimos.
    Y le pifiamos a la salida y corregimos el rumbo. No era la idea ir a Villa O´Higgins.

    La vista desde el morro que va para la estancia de Sepúlveda es espectacular. Y yo empecé a recordar lo de mi problema en las subidas. A apechugar a velocidad caracol y esperar que la compañera no enloqueciera por mi lentitud. La estancia es hermosa, y nos encontramos lo que ya nos había dicho la gente de la navegación, con Silvia y Raúl reacondicionándola. Pasamos a saludar a Juan y decidimos parar a almorzar cerca, entre los frutales de la chacra. Andrea fue sorprendida no gratamente por los sanguches de la vianda de Mario, que don Leo había regresado a la mochila luego de que ella los sacara esa mañana… ¡éso no se hace, Leo! ¡seicientos gramos son una tonelada de subida! Hablamos un rato con Raúl, que se acercó y nos contó los planes que tenían. Un laburo importante entre las manos. Hicimos un almuerzo tranquilo, al solcito que asomaba de a ratos. Y seguimos camino.
    La primer parte tranquila, el suelo estaba bastante seco y no tuvimos que lidiar con los arroyitos de la salida ni el mallín. Pero al rato de caminar nos empezamos a meter en unos renovales, siguiendo el río y al final se hizo imposible. Decidimos (gran error) vadear el río para evitar las ramas y a uno de las grandes amenazas blancas de la excursión: la cuncuna (conocida como gata peluda en otras latitudes), a la que se le da por eclosionar cada cuatro años, y éste, justamente éste, estaba en su mejor momento.
    Volvimos a vadear para retomar la margen derecha… y seguimos entre renovales, poniéndole el cuerpo al ramaje para atravesarlo. Yo no recordaba demasiado eso, sí me acordaba de una parte con renovales pero, luego de una consulta al mapa, llegué a la conclusión de que estaríamos pasando un morro. Andre estaba en lo correcto, sospechando que estábamos remontando un afluente del Diablo (también glaciario), pero no podíamos acordarnos de haber visto una confluencia cuando vadeamos. Así que decidimos darle para adelante. Y siguió el ramaje. En subidas cada vez más cerradas, con arroyitos cristalinos… un lugar bastante parecido (pero menos abierto) que por el que me mandé la última vez.

    A eso de las ocho, y ya cansadas de subir y agobiadas por el bosque cerrado, decidimos parar y acampar en un lugar plano y más abierto. El viento se sentía de a ratos bastante fuerte, pasando por arriba de los árboles. Fui a buscar agua y Andre se puso a preparar la cena (nos tocaban unos riquísimos fideos automágicos con salsa de tomate). Ya los espíritus estaban más reparados y, mientras yo acomodaba mis cosas, Dora la exploradora se subió al Árbol Solitario y oteó el horizonte. Regresó con su sospecha confirmada de que estábamos muy lejos de nuestro río.
un poquitín perdidas...
    Así que nos fuimos a dormir, noche tranquila con los ruidos del bosque de compañía. A la mañana nos acompañó en el desayuno y desarmado del campamento  un trío de carpinteros que supusimos gays (según Andre eran los papás y el hijo adoptivo), ya que no se veía ninguna hembra a la redonda. Nos fuimos con el mapa para el mirador del Árbol Solitario y constatamos entre las dos las sospechas de la tarde anterior. Aquí tengo que anotar esto: debo aprender a triangular posiciones sobre el mapa con la brújula. V. me preguntó mientras revisábamos los mapas de la zona con el amigo O. y el Google Earth, y ya estábamos muy sobre el momento para ponerme a aprender algo nuevo. Pero eso nos hubiera dado la respuesta precisa de dónde estábamos ya en ése momento.

    Quizás hubiera sido posible seguir avanzando y cruzar por donde estábamos, pero preferimos ir a lo seguro y desandar camino. Si estábamos en lo correcto, teníamos que encontrar la confluencia y seguir al verdadero rio Diablo cerca del punto donde habíamos vadeado originalmente. En la bajada hasta el río nos mantuvimos lo más cerca del morro que pudimos, y con eso agilizamos la bajada, ya que el bosque era más joven, pero no al punto cerrado del día anterior. Y aquí el segundo “desastre” de la expedición: bajando por el bosque, siendo un ardor increíble en el dedo. Inmediatamente pienso: “cuncuna”. Me la estaba tratando de soltar cuando me di cuenta de que no era una cuncuna y que tenía otra abeja revoloteándome arriba de la cabeza y en picada directo y ya picando, más ardor en la cabeza... Andre me gritó que saliera de ahí, que estaban en el tronco. Al valiente grito de “Sacámela, sacámela”, me tiré para el lado de Andrea y, mientras yo me sacaba el puto aguijón de la mano, ella rastreaba el que tenía en la cabeza y trataba de matar a una tercera abeja que yo tenía metida en el pelo sin que la picara. Después, mientras yo me recuperaba del ataque y rogaba que esta genética mía no resultara ser alérgica también a las abejas (pregunta que nunca, hasta ahora, pude responder), ella fue a buscar mis bastones, que yo había tirado cuando salí corriendo. Una grosa, mi amiga. Nos alejamos un poco más, me temblaban las patas. Esperamos unos minutos, a ver si empezaba el shock anafiláctico. Por suerte, más que el tremendo ardor en el cuero cabelludo (era como tenerlo a Cali tirándome del pelo para arriba, para mostrarme como pararme derecha en Tai Chi), la cuestión no pasó a mayores. Resulta que no soy alérgica a la picadura de las abejas. ¡Vamo´ ahí! ¡Una buena!
    Y llegamos de nuevo al río. Para evitar el renoval y, como había un solcito incipiente, nos pusimos el calzado de vadeo y le encaramos por donde pudimos. Por suerte venía bajito y no hubo mucho apurón.

    Toda nuestra teoría recaía necesariamente en que en algún punto habíamos sido lo suficientemente imbéciles para confundir la confluencia del afluente con una curva del Diablo. Y sí, finalmente llegamos al punto en cuestión y nos encontramos con nuestra teoría confirmada. Todavía no entiendo qué me pasó. ¡Cómo no lo ví! Moraleja y recomendación: siempre mantenerse de la margen derecha del rio… no es necesario vadearlo nunca.
    Retomando el sendero, ya fue cuestión de darle para adelante por terreno conocido. Y pronto empezaron a aparecer las marcas: las chapas, las piedras pintadas… de rojo… la damajuana y la cascada preciosa. Y la entrada al senderito de los meandros, el lugar en el que me quedé las dos últimas veces por lo mismo que nos había pasado ahora: remontar un afluente. Curiosamente, la forma de las curvas es similar.
    Las subidas se hacían sentir, modo caracol a full. Eran interminables, y todas venían con su respectiva bajada. Nos cruzamos los pozones de agua cristalina, y las bellísimas cascadas que desde hace tantos años ansiaba ver. Musgo sobre las piedras, el sendero, los arroyos. De a poco, el horizonte se fue abriendo y en algún momento salimos a un valle abierto y en altura: al rato podíamos ver el valle del rio Diablo hasta la punta Norte del Lago del Desierto. Teníamos al Vespignani de espaldas, y al Demetrio a la derecha. Hacia la izquierda, un morro que tapaba al Milanesio, y hacia adelante, la bajada del morro de la derecha, viniendo del Demetrio. Allí, al final, esperábamos ver las lagunitas, la alargada y la redonda, entre las que estaba el Refugio.

ya estamos cerca...
    Y al rato aparecieron ellas. La zona que atravesábamos era mallinosa, pero estaba lo
suficientemente seca como para ser transitable, o nos subíamos al bosquecito de la izquierda para no mojarnos las patas. Dentro del bosque, de a ratos se distinguía el sendero. Sobre un sector, casi al final del mallín, vimos unos líquenes con hojas del tamaño de una lechuga pequeña. Y unas plantas estilo camalote, de flor amarillo-blancuzca y hojas lanceoladas. Mientras caminaba ví, fugaz, una planta que nunca había visto, con pequeñas flores hermosas. No había otras a su alrededor, y se me ocurrió que bien podría ser la última de su especie. ¿Cómo sería ser el último individuo, el final de la cadena?
    Las chauras estaban rojas, brillante rubí cuando les daba la luz del sol sobre el marco verde del pasto contundente.
    Bordeamos algunas lagunitas y encontramos un morro. Subí a explorar y grité de alegría cuando vi el refugio, no en el morro al que me había subido, sino en el del frente. “¡Es enorme!”, le grité a Andre. Subió a mirar y nos abrazamos, felices. Estábamos ahí.

    Discutimos sobre si avanzar por la derecha o la izquierda de la lagunita para subir al morro del refugio, aunque el camino de la derecha parecía más corto, decidimos ir a lo seguro y encararlo por donde todos, o sea la izquierda. Nos encontramos con las chapas, una mata de ruibarbo y la subidita del faldeo final. El amigo O. me había dicho que era “como la subida al barrio de arriba”, pero no encontramos la escalera, así que le dimos por el sendero nomás.
    Y allí estaba: El Refugio Rio Diablo, R.R.D. para los amigos que lo buscan incansablemente. Aunque sí que estábamos cansadas. Decidimos no armar la carpa y echar a los inquilinos ratoniles por esa noche. Por suerte solamente vimos uno o dos. Tomamos un poco de sol afuera y admiramos la vista al valle, a la laguna abajo, al frente donde suponíamos que debía estar el mirador al glaciar Chico, pasando el hito.

    Preparamos una picada y calentamos agua para los mates de la llegada, los mates del encuentro triunfal del refugio. Cómo los venía palpitando a esos mates, desde hace unos cuantos años…
Y… en ése momento… un movimiento a la izquierda, pasando la puerta… que primero mis sinapsis no lograron procesar… un humano… caminata conocida… y la neurona hizo contacto: ¡era Mario, llegando al refugio post-recital de Calle 13! Debo reconocer que mis gritos de bienvenida no son para ser reproducidos en este medio, y que la alegría de verlo llegar sano y salvo también estaba bastante mezclada con las ganas de asesinar a este novato insolente que se presentaba de una y encontraba el refugio… sin equipo adecuado, con una viandita más bien magra, ¡el vino que le habíamos encargado! y… mucho espíritu de aventura.
aventurero...
    Lo abrazamos un rato, y lo sentamos a qué comiera y nos contara cómo había sido su travesía, le contamos de la nuestra y, entre mate y mate, historias de por medio, recuperamos energía como para ir hasta el glaciar. Colgamos toda la comida para alejarla de los amigos rodens y llevamos las botellas para cargar agua en la lagunita. Unos veinte minutos de caminata y estábamos en un mirador desde donde se podía ver en su extensión el glaciar Chico, los cerros, algo del campo de hielo, el lago O´Higgins/San Martín y la península… los icebergs en el agua, el frente del glaciar. Sacamos fotos mientras pudimos y nos movimos a lo largo del frente del bosque donde estábamos, para tener diferentes vistas. Majestuoso. Me senté un ratito a mirar, no sé qué pensaba. Creo que no pensaba nada, excepto en sentir el paisaje. Hay lugares que no pueden pensarse demasiado, éste era uno de ellos. El glaciar, totalmente distinto del Viedma, o del Perito… Oscuro, quebrado. Cascadas y lagunas de ablación que podían verse al otro lado. La piedra del frente hablaba de un retroceso reciente, habrá que comparar fotos.


admirando el Glaciar Chico

vista al lago O'Higgins...

  Había otros senderos que llegaban más sobre el frente, pero se nos estaba acabando la luz y al día siguiente teníamos que salir temprano si queríamos tomar el barco de las 17. Le dijimos chau al paisaje y volvimos al refugio… nos pasamos de largo… retomamos y fuimos a buscar el agua. Mario había encontrado bosteo de puma… pero no vimos ninguno. Esta noche me tocaba cocinar a mí, una polenta con vegetales, y queso crema, con un touch de hondashi, ajo fresco picado, cebollita de verdeo y, según Andre, una exageración de morrón rojo (pero fuente de vitamina C). Era una polenta necesaria. Era la polenta más rica que comí en mi vida: debo decir que el aire de campamento sigue funcionando perfectamente como condimento. Mientras cocinaba, seguimos charlando y nos bajamos el vinito que trajo Mario ya que, no sin horror, descubrimos que el que había traído Andre estaba bastante horrendo.
    Se largó la lluvia antes de que nos fuéramos a dormir, mientras le dábamos al chocolate, los dátiles y hacíamos los últimos aprontes para pasar la noche. Por suerte ninguna gotera del lado para dormir, el refugio está en muy buen estado (excepto por una ventana rota). El viento azotaba afuera y volaba algún que otro tronco, pero adentro con una vela y el fueguito del calentador estábamos cómodos.

    A la noche se puso muy húmedo y tuve mucho frío, mi bolsa de dormir tenía la tela super fría, inclusive usando la bolsa de vivac afuera. Pude dormir un rato largo, gracias al cansancio que traía acumulado, pero una vez que me desperté estuve moviéndome continuamente y temblando para entrar en calor. Sin éxito. Me puse la campera de plumas y ahí resolví la situación arriba, pero tenía los pies congelados. Mario, muy caballerosamente, me acomodó su campera y con eso pude volver a
plena
dormir un rato más. Hasta que sonó la alarma y me levanté a preparar un desayuno fuerte para iniciar la marcha. Desayunamos tranquis, hicimos nuestras abluciones, admiramos el amanecer y esperamos al señor Sol, que nos calentó un poquito más el alma. Arriba, todo estaba espolvoreado de nieve recién caída.
Refugio Rio Diablo

    Y así, levantamos base y partimos de regreso. Fuimos bastante rápido, ya que la pendiente era principalmente en bajada, aunque a Mario se le complicó un poco la rodilla. A mí se me complicó una pasadita medio en picada sobre el río, pero Andre me ayudó y con las indicaciones de los co-expedicionarios, la fui remontando sin incidente.
    Todo es lindo, por allá. El silencio, el ruido del viento, el murmullo del río, el bramido de la cascada verde. La luz. El silencio.
    Las hojas de las lengas, los troncos, los ñires erectos, las flores y los frutos. La muerte en el sendero, pregunta inexplicable. Los pájaros, las nubes, las cimas y la nieve. La sensación en los pies después del vadeo. Frescura tierna.

vadeando la cascada verde
    Pasamos por la estancia a saludar a Silvia, que nos invitó unos mates, pero teníamos todavía la subida del morro de Gendarmería por delante y declinamos la invitación con todo el dolor del alma… prometimos unos mates al reencuentro en el botecito, ya que ellos también volvían al pueblo… el comienzo de clases nos hizo volver al mundo real. Cierto.
    Lo más complicado eran las bajadas, con la rodilla de Mario en la mano. Y yo en las subidas echando los bofes. Andre, una duquesa  de subida y de bajada. No problema. Pero finalmente llegamos, le avisamos al Jefe y a siestear al pastito verde de la orilla del lago y a calentar agua para los prometidos mates. Un poco de elongación… mis rodillas también estaban pidiendo cariño.
    El cruce con poco viento, linda temperatura, bastante despejado todo. Saludamos a la tripulación de la Tehuelche y rumbeamos para el pueblo, con Mario de piloto, quien suscribe de cebadora oficial de mates y Andre en la retaguardia siendo observada (desde el bosque) por todos los huemules. Se rumorea que el que se bajó desde Laguna de los Tres al Chorrillo esa tarde, lo hizo sólo para verla pasar.
    Quedamos en encontrarnos al día siguiente, con don Leo también, para una cena de cierre de travesía, pero los muchachos nos fallaron (intento omitir lecturas feministas pero, qué te voy a decir, no me sale… ¡me cacho!). El sushi estuvo rico (estilo hogareño), aunque el arroz se me pasó un poco. Nos regalamos unas cuantas delicias orientales, incluyendo una sopita miso de entrada, un wasabi termonuclear y salsa de soja y calafate (¡Patagonia fusión!) para acompañar, todo regadito con un par de cervezas bien respetables.

siesta en punta norte

miércoles, 26 de diciembre de 2012

el camino menos transitado

Al frente de la carpa, abajo, hay un claro. Del otro lado, retoma el bosque una línea-frontera marcada por árboles aferrando una pared de tierra. El centro: piedras, un arroyito que se aleja y acerca, algunos árboles más jóvenes. Planos verdes de un arbusto rastrero, todo en flor. Una bajada abrupta al área central, alguna vez lecho de un río más grande, o cauce viejísimo del río que ahora corre más allá de los árboles del frente, un plano verde turba, verde pasto, verde musgo tan suave al tacto. Una zarpa de puma eterna trazó en la tierra dos caminos; la montaña, el tiempo, el hielo y el agua, la vida, hicieron el resto. Al frente de mi carpa, un paisaje.

      Bajo a tomar unos mates al arroyo y me encuentro siguiendo con los pies un sendero lateral que va a la izquierda. El sendero principal es el que va al frente, cruza el arroyito y el río detrás y sube a la montaña. Pero este sendero lateral me lleva al plano verde, y pronto a un camino ancho de piedras redondeadas y ahora secas. El silencio de las piedras es palpable, se escucha el calor que reverbera en la piel. El área verde es el límite frío del silencio, donde vuelan los pájaros.

      Los pies se acomodan en pasos entre las piedras, que me llevan de un símbolo al siguiente: el liquen sobre la piedra, una flor que nunca había visto entre las rocas. Estas rocas sobre las que alguna vez bailó el río. Me siento a imaginar las formas que debe haber tomado el agua al recorrer la piel de la piedra, ahí seda transparente, allá pequeña cascada, o curvas rápidas que chocarían contra esas piedras más elevadas y lanzarían espuma y pequeñas gotas. En verano, las golondrinas de cabeza azul de plata y alas grises pasarían rozando esas vertientes. En invierno, el agua tan sólida y blanca como las piedras, manteniendo el movimiento subterráneo, probándose el silencio como un vestido nuevo.

      Un poco más adelante, nuevos caminos se abren o confluyen, sigo uno entre varios y dejo los otros, ellos también son parte de mi elección. A la derecha, una línea de agua emerge y se hunde de nuevo en la piedra. No camino sobre un río seco, camino sobre el rio vivo que fluye abajo, donde no puedo verlo. Transcurriendo en la tierra, hacia el mar.

      Un gigantesco bloque errático, enclavado en el bosque de una ladera, allá lejos adelante, me marca un norte imaginario. Antes de la ladera, un cambio en el silencio marca la presencia de un río corriendo vivo sobre la roca. El camino se abre en un plano de piedras redondeadas y blancas, reflejando el brillo de la resolana, recortado por el bosque y paredes de tierra donde moran las raíces de sus árboles. En equilibrio sobre dos rocas secas, múltiples ríos me abarcan, uno de agua que se zambulle entre las piedras, el de savia y madera que navega la tierra, verde hoja reflejando la luz del sol, deslizándose sobre los árboles. El rio de viento en el cielo, navegando nubes-barcos de papel. Y aquél más allá, el de la oscuridad profunda. En equilibrio sobre estas piedras, cierro los ojos y los navego.

      Cerca del cauce de agua, las rocas son más grandes. Llego al borde y bajo al río a lavarme las manos y refrescarme la cara. Hay árboles secos caídos, su madera pulida por el agua y blanca como las piedras. Del otro lado, vida verde sostiene la tierra. Subo la corriente por un rato, desviándome entre las piedras. Y el agua clama nuevamente y encuentro el nacimiento de otro río, el que sale a la derecha y en un par de kilómetros cruzará rugiendo el sendero principal bajo un puente. Aquí corre tranquilo, bajando escalones pausadamente, un terraplén amplio. Acabo de darme cuenta, éste es un río que corre a contramano, encajonado entre colinas hasta que se une al siguiente río y de ahí, sí, compartiendo otro nombre baja propiamente, como se espera de un río, hacia el este, hasta el mar. En estos pocos kilómetros “pasa a buscar” las afluentes de varios glaciares del barrio. Me río de mi comprensión inconsecuente y sigo camino hasta una playita de arena. Descalza, meto los pies en el agua plana y relativamente cálida de un pequeño pozón.

      Me recuesto sobre un peñón redondeado, suave de años de roce del agua. Enfrente, en la ladera del bloque y del bosque, sobre la línea de árboles, vuela un cóndor. Cicla el escaso viento en círculos. Veo el alternado blanco-negro de sus alas cuando maniobra la térmica que sube la abrupta ladera. Cerca, está su compañero volando. Se hamacan sobre el valle y giran en el viento por un rato, hasta que se posan, juntos, en la pared vertical de la montaña.

      La arena seca en los pies es tan suave como la luz del sol.

      Camino un poco más compartiendo el sonido del río, yendo en puntas de pie sobre las piedras, rozando bloques gigantes redondeados por el enorme trabajo del tiempo. Encuentro una subida a un sendero en el bosque y me alejo del río. El mundo blanco cambia al mundo verde y le agrego otro matiz a una historia que leí hace años, lo tan humano y lo tan profundamente inhumano entretejiéndose, de nuevo.

      Flores nuevas y el sonido más frío y húmedo del bosque me envuelven. Musgo y turba, corteza y raíces. Respiro el perfume del sol en el bosque y camino con pasos acolchados y huecos. Las formas que el viento modela en los árboles se mueven dentro de mí, un despliegue de cadencia singular. Encuentro un ritmo en la explosión de rojo de un arbusto de notro, delineada firme tras un grupo de árboles. Bloques de piedra angulosa, fragmentos nuevos a los que el aire todavía no ha oscurecido, un borde filoso que no ha conocido mas roce que este de mi mano. El tiempo, moviéndose en la materia.


      Saliendo del bosque al claro, cruzo el pequeño cauce cristalino y lo acompaño algunos pasos, recorriendo el mismo sendero en el que empecé, antes de volver al campamento.

martes, 3 de mayo de 2011

r.r.d.

Para desconectarme un poco del ritmo alocado de la temporada de verano, aproveché que venían unos días de buen clima y decidí irme de campamento para el lado de Lago del Desierto. Mirando para donde iría, decidí tratar de encontrar el refugio Diablo desde el que, se dice, hay una vista espectacular a varios glaciares, lagos y cordones de montaña justito justito sobre la frontera entre Argentina y Chile. Hay una historia corta y una historia larga al respecto.

La historia corta es que no encontré el refugio, jé.

La historia larga, pero más interesante, es que me pasé cuatro días de caminata a través del bosque en otoño, rojos, amarillos, rositas, verdes intensos. Y lagos y arroyitos, piedra y ríos y mallínes. A continuación, el desarrollo de esta versión larga, y más interesante, de la historieta.

Día 1: De punta a punta (Lago del Desierto)
Ya no corre el barquito que hace la navegación en el Lago del Desierto (otro signo de que terminó el verano), así que la cuestión era usar el sendero que va desde la punta sur del lago hasta el puesto de gendarmería que está permanente en la punta norte. El año pasado me había quedado con las ganas de ver el bosque inmenso del lago en otoño, así que era una buena oportunidad para conocer esta otra cara del paisaje. En Abril las lengas y ñires van virando el color del follaje del verde, al amarillo y al rojo intenso. Luego las hojas se caen y cubren el piso del bosque, una avanza bajo una luz especial...
Y la luz era bastante especial, porque salí un día de lluvía, después de un par de lluvias bastante intensas, pero con la esperanza de que el pronóstico le acertara y los días de caminata por el valle del río Diablo fueran los mejorcitos. Aparte, empezaba a trabajar el 1ro, así que tampoco podía estirarme demasiado.
La combi salía al mediodía desde El Chaltén y llegamos a la punta sur del lago a eso de las 13:40, así que empecé la caminata a paso rápido alrededor de las 14:00. A paso rápido es un decir, pero digamos que iba motivada por la idea de que no quería llegar demasiado de noche a la punta norte, y suponía que al menos 6 horitas me iba a llevar la pateada.
Mucha agüita y barro en el sendero, y todos los arroyitos que bajan de la ladera hacia el lago creciditos, así que tuve que pararme a vadear varias veces. O sea sacarse las botas, medias y gritar un par de eternos segundos hasta llegar al otro lado del arroyito en cuestión, recuperar la sensibilidad de los pieses y volver a calzarme. La caminata durante las secciones de bosque; el silencio más cerrado. Al acercarse a los arroyitos, era como una ráfaga de viento en los árboles que iba haciendose más fuerte cada vez. Y un giro en el sendero, una bajadita, y ahí aparecía el arroyo, tan campante.
Estaba todo bastante cubierto y todavía lloviznaba un poco, pero adentro del bosque no se sentía. Al rato de caminar encontré la cabañita abandonada (o una de ellas) que según escuché por ahí, era parte de un plan de prospección durante el gobierno de Perón en los '40 de tender una ruta entre Argentina y Chile. La otra vuelta que hice este sendero (habrá sido por el 2004/2005) me paré en todos lados a chusmear y sacar fotos, esta vez quería llegar lo más rápido posible.
Así que no paré demasiado a mirar el lago, o los glaciares bajando del Vespignani, o a sentarme un ratito al costado de algún río para tomar mate.
Igual, con apuro y todo, se me hizo de noche. A eso de las 18:30 ya estaba bastante oscurito, aunque todavía había algo de claridad. La punta norte seguía iluminada por bastante tiempo, pero anochecer tenía que anochecer, y finalmente sucedió. El sendero es bastante claro, saqué la frontal y seguí caminando. Hasta que perdí el sendero (las hermosas hojitas marrones cubrían todo, sendero incluído) y me metí en un mallín de morondanga, así que tuve que empezar a zigzaguear para encontrar el senderito de nuevo. No hay posibilidad de perderse, en realidad, así que iba tranqui. De un lado el lago, del otro el valle sube... la cuestión era tratar de llegar y no tener que pasar esa nochecita en el bosque, que estaba bastante mojadito.
Finalmente bajé del faldeo por el valle y empecé a caminar por la playa del lago... con la luz del puesto allá en la distancia. La playa no era muy amplia, supongo que el lago estaría un poco más crecido por la lluvía o algo así, porque me tuve que subir un par de veces a unos pedruzcos sobre la costa, con el lago tocando los antedichos pedruzcos. Si hubiera sido de día ningún problema, pero no veía nada y no me acordaba si estaba yendo bien o si iba a tener que desandar para retomar por arriba. Y las olitas y el viento... sucundún sucundún... Así que finalmente fué un alivio cuando encontré el cartel y la tranquera de los gendarmes. Lo que sí casi me mata del susto fué una liebre que apareció corriendo desde adelante y que quedó mirándome como una marmota, medio encandilada con la luz de mi frontal. Liebre ridícula.
Desde la puerta del puesto de Gendarmería, ya me tenían calada y me fueron guiando (o tratando de meterme de cabeza en una platea en construcción, no sé) con la luz de una linterna por adonde era más fácil caminar, mientras nos saludábamos de lejos. Y llegué y largué la frase en la que había estado pensando toda la última parte del trayecto (en algo hay que pensar cuando una está metida hasta las narices en un mallín y tratando de decidir si eso sobre lo que una está parada alguna vez calificó como sendero). Así que se las dije:
—Creo que la pizza llegó fría.

Se rieron un poco y me dejaron pasar para hablar con el Jefe y ver si me podía tirar en algún rinconcito a pasar la noche. Me dejaron quedarme en un quincho que tienen ahí, así que desensillé y empecé a preparar la cena (unos riquísimos fideos con saborizante carne, mucho queso, empanadita y chocolate de la Choco de postre ¡ñam!, por no mencionar unos sorbitos de whisky para calentar el alma un poco).
El sueño de la noche solamente fué interrumpido por un gatito que intentaba entrar, pero que se dió rápidamente por vencido. Little did she know...

Día 2: Hacia el Refugio Rio Diablo
El gran error fué mirar solamente un mapa. El de Aoneker, para más datos. Le había preguntado a algunos amigos y tenía idea de por donde ir. Nada demasiado complicado, excepto encontrar el lugar donde cruzar el río. Hay varias opciones para encontrar el refugio, yendo por la margen izquierda del río o por la margen derecha. Yendo por la margen derecha había que cruzar menos veces el río, así que iba a tratar de encontrarlo. Mi mapa mostraba un punto de cruce, supuestamente justo antes de un lugar con un morrito adelante... Pero me adelanto.
Empecé masomenos temprano a la mañana, con un rico desayuno y unos mates en la orilla del lago. La vista del cordón del Fitz estaba medio cubierta con esas nubes densas que hacen pensar que son parte de la montaña, sobre todo cuando les da el sol enrojecido del amanecer. La montaña es la nube, que a medida que amanece se va consolidando en piedra.
Los niveles del paisaje están marcados con el movimiento del Sol. Se lo ve recorrer las lomadas de los cerros descubriendo piedra, bosque y finalmente un lago.
A los dos termos de mate decidí que ya tenía suficiente, terminé de acomodar las cosas en la mochila y les dejé parte de la comida a los señores gendarmes, así no tenía que cargar tanto peso. Para alivianar tampoco había traído la carpa, solamente la bolsa de dormir y el saco de vivac.
La salida de Gendarmería va subiendo por un faldeo sobre el lago, recorriendo hacia el oeste la punta norte. Había bastante agua y barro, todo cubierto por una capita de hojas recién caídas que me hicieron meter la pata una que otra vez. Por suerte A. me había recomendado el método "bolsita de nylon" que no será lo top de la tecnología en campamento de montaña, pero hicieron que llegara a la noche con las patas secas.
En un poco menos de una hora se llega a un mirador desde el que se ve una pampita verde abajo, y el valle del río Diablo, que iba a estar recorriendo ése día. En la pampita está el casco viejo de la estancia de Sepúlveda. Enfilé para la casa y, después de saltiquear por un sector medio anegado, pasé el límite del cerco. Más allá de la casa un grupo de vacas me miraban con cara de sorprendidas.
Paré un poco a mirar adentro de la casa, totalmente destruída y se vé que las vacas lo usarían de establo a estas alturas. Pero todo alrededor, un césped verde hermoso. Lo marqué en mi mapita personal como lugar para mate a la vuelta. Como me había dicho Daniel, el Jefe de los gendarmes, había un cartel pasando la estancia. Y dos metros más allá, la inundación...
Un poquito por allá y otro poquito por acuya, saltando (no demasiado atléticamente) sobre troncos y árboles caídos, pude pasar al otro lado. Y ahí empezaba el mallín...
Así que me fuí más para la derecha, tratando de subir un poquito más para evitar el mallín contra el río y encontré el senderito que iba a través del bosque. Un bosque hermoso. Más viejo todavía que el bosque alrededor de la laguna Torre, con árboles bien espaciados y de troncos rugosos y rectos. Daba la idea de un cuadro de Klimt, pero viejo e inmenso. El suelo, cubierto de helechitos y hojas caídas.
De a ratos me encontraba con el río, de a ratos tenía que negociar un avance medio complicado entre ramas de árboles más jóvenes. Encontré el morrito que me había dicho F., lo pasé por la izquierda. Cada tanto había una marca en los árboles, o una pirca entre las piedras, así que me quedaba tranquila. Buscaba la cascadita que tenía que marcar la pasada al otro lado. A eso de las 16:20, digamos, encontré un lugar donde había un par de piedras pintadas de rojo frente al río y unas marcas rojas en los árboles. Parecía la pasada que había marcada en el mapa, pero de la cascadita ni novedades. Seguí dándole por la margen derecha, pero se empezó a complicar; primero todo un sector de unos árboles gigantescos caídos (pensé que eran los que habían dicho el gendarme sobre los que iba a tener que pasar), y después el senderito empezó a subir pegándose al rio con una pendiente fuerte. Y ahí ya no me convenció el tema porque sola, y con la mochila, si me llegaba a caer iba a ser un quilombete. Así que a la hora de esto decidí volver y encontrar un lugar lindo cerca del río donde pasar la noche.
Volví hasta las piedras rojas, pensando un poco más se me ocurrió que podría dejar la mochila ahí a la mañana y probar cruzando el río hacia el otro lado para ver si esa era la pasada del mapa realmente. Cerca de las piedras rojas, había un nivel intermedio que estaba lo suficientemente alejado del rio como para tener un poco de silencio (aparte en este lugar el río corria bastante tranquilo). Acomodé el aislante y la bolsa al lado de un tronquito caído para tener un poco de protección del viento, si llegaba a ponerse a soplar. El hueco que quedaba lo rellené con la mochila. Dejé los bastones cerquita... si se me acercaba un pumita a la noche lo iba a agarrar a bastonazos. Me puse a cocinar una cena tempranera mientras absorbía el paisaje de los alrededores. El sol le pegaba fuerte al cerrito de enfrente, en su camino de salida. Mirando el mapa, cada vez me convencía más de que este era el lugar donde había que cruzar. Pero ¿dónde estaba la famosa cascadita?
Enfrente se veía una subita fuerte, desde cerca del río hasta el fondo una pared de roca sobresalía cada tanto sobre los árboles. Quizás muy cerca del rio se pudiera caminar. O entrando un poco más al bosque encontraría el sendero que mostraba el mapa.
Me tiré a leer un rato, me había llevado las Cartas sobre la poesía de Mallarmé. Mallarmé me recuerda en sus cartas a Lady Schrapnell, o algo así. Tendría que leer algo de su poesía, porque sus cartas me suenan bastante artificiales. Después de la cena, le tocó el turno a otra dosis de chocolate, esta vez con pedacitos de naranja. Mh... rrrrico.
Desde la bolsa de dormir se veía el cielo estrellado y algunos segmentos de los picos de enfrente. Dos ramas gigantescas se enraizában hacia las estrellas. Mirándolas un rato, me pareció estar mirando un óceano de estrellas que flotaban a la deriva. Cuando me despertaba a la noche, se habían movido un poco más. O estaba nublado. O estaba despejado de nuevo, negro profundo delineado en el frío de la noche.
En realidad, no hacía frío. Digo el frío de allá afuera, el del otro lado de las ramas desnudas de los árboles. El aire era tan limpio que era blando.

Día 3: Search & Return
A la mañana me levanté temprano, todavía de noche (bueno, amanece tarde más bien) y me preparé para dejar todo listo y cruzar el río. Dejé la mochila atada a un árbol (eso no me salvó del posterior ataque de un par de felinus malditus a mis empanadas, pero me adelanto).
El cruce fué más fácil de lo que pensaba, el río estaba menos frío que los arroyitos que había cruzado en el sendero a la Punta Norte. Dejé las crocs colgadas del otro lado y, después de secarme las patas, me volví a calzar las botas para explorar un rato las inmediaciones. Primero seguí un sendero que se metía en el bosque, pero eso me llevó a empezar a subir hacia la pared que había visto desde el otro lado y cuando se puso medianamente complicado me bajé. Después empecé a seguir el río, que a esa altura se le unía un arroyito desde la izquierda (lo que cerraba con la descripción del libro de Alonso), lo seguí un rato hasta que el sendero también empezó a subir, pero menos cerca de un despeñadero, así que seguí camino hasta llegar a un manchón de arbolitos jóvenes que (no demasiado amablemente) me cedieron el paso y medio agarrada de unas matas de mutillas llegué a un punto alto desde donde podía ver el valle hacia adelante. Un (otro) lugar hermoso. Las laderas cubiertas de árboles de todos colores, con el sol que todavía no había asomado del todo... los sectores iluminados eran un estallido de rojos y amarillos.

Creo que por ahí estaba la cuestión; pero bueno, todavía me quedaba la vuelta desde la punta norte hasta el lago, y el regreso al Chaltén. Así que hasta ahí llegué y será para otra caminata el encontrar el refugio con sus vistas.
Desde ahí empecé a volver por el río hasta donde había dejado las crocs. La bajada del morrito éste estaba salpicada de bloques de piedra llenos de musgo, árboles caídos, chorritos de agua bajando por las paredes verdes y llegando en hilitos hasta el arroyo más abajo.
Por supuesto me pasé de largo y salí unos metros más allá. Había una bandada de ratuchitas veteadas (en cuanto tenga la guía a mano agrego el nombre específico) muy confianzudas que saltaban de rama en rama entre mis medias. Me calcé las crocs de nuevo y vadée de vuelta hacia mi mochila.
El regreso fué tranquilo, paré bastante a sacar fotos y a admirar el río y los cerros de los alrededores.
A la vuelta, tomé por un sendero que me llevaba más lejos del río. De a ratos el senderito desaparecía, esta es una zona bastante húmeda y supongo que debe regenerarse rápido la cobertura del bosque. Cuando llegué cerca de la estancia, rodée el mallín por la parte de atrás y entré por el costado, esquivando la inundación bastante.
En la estancia el solcito daba a pleno, me tiré al pasto al lado de una mata de calafate y calenté un poco de agua para los mates que me había prometido a la ida. Había muy poquito viento, así que comí algo y me quedé un rato explorando los alrededores. Encontré manchones de plantas de frutillas y rosales alrededor de la casa. También estaban las vacas y caballos, supongo que estos últimos de la tropilla de gendarmería. Me bajé una porción de salamín con algunas empanaditas... ¡ricas!

Ya en la recta final de la caminata del día, solamente quedaba pasar el morrito y llegar a Gendarmería a pasar la noche. El sendero estaba mucho menos embarrado y la vista al llegar al lago era todavía más espectacular. Todo el cordón del Fitz y del Torre, pero de la cara norte...


El julepe padre me lo dió un carpintero al que se le ocurrió salir volando cuando me vió en el sendero. Ya llegando a Gendarmería me recibió el arroyito del que sacan el agua, con la arboleda rojiza reflejándose en la superficie.
Me dejaron de nuevo pasar la noche en el quincho, así que me bajé un litro de jugo (creo que nunca como tan poco sano como cuando estoy de campamento), preparé unos mates y una sopa y me la fuí a comer al lago para ver el atardecer. Cual no sería mi sorpresa cuando al regresar... ¡me encontré con los gatos de gendarmería manducándose lo que quedaba de mi salamín! ¡No! ¡Malditos! Los corrí a los gritos pero eso no evitó que además del salamín dieran cuenta de mi empanada ¡la caprese! y de la última que me quedaba de queso y cebolla. Así no se puede, loco.

Una vez sellado todo el quincho a cal y canto, me fuí de nuevo a la orilla del lago a seguir (ad)mirando el atardecer, esta vez acompañada de una copita de whisky con chocolate derretido...

Día 4: de regreso al pueblo
Otro día de salida tempranera, quería llegar lo antes posible a la punta sur para encontrar algún alma caritativa que me llevara al pueblo. Saqué algunas fotos del amanecer, que estaba hermoso, claro. Otro día despejado y con linda temperatura. Esperaba que hubiera menos agua en el sendero después de dos días sin lluvias. Me despedí de la gente de la punta norte, que mantienen un destacamento permanente durante el invierno (extrañamente, me dijo Daniel, cuanto más fácil es llegar, menos dura la gente en el puesto... antes venían a caballo en dos días desde La Florida para traer las provisiones materiales y se quedaban 3 meses. Ahora, vienen en helicóptero y la gente está 30-40 días. La mayor parte son de Formosa, pero también hay algunos Correntinos y creo que algún Chaqueño).
A la vuelta le dí derecho hasta el mirador, el bosque sobre el lago es algo magnífico y siempre me sorprende. Tanta arboleda hermosa de lengas y ñires... Y los notros, y los guindos... Cuando era chica y escuchaba hablar del Lago del Desierto me imaginaba un páramo seco. El mundo se me dió vuelta la primera vez que subí la lomita de la punta sur y me quedé tarada mirando ese bosque infinito.
No tuve que descalzarme para vadear, mitad porque todo venía con poca agua y mitad porque le pegué a los senderos que van más cerca del lago, donde desembocan los arroyos y todo es más bajito. Me quedé un rato en una playita frente al hotel en medio del lago, el sonido de las olas llegando y retirándose era como el sonido de un tambor oceánico. Algo circular.
Poca fauna, un huet huet, algún carpitero pitío en solitario y los pajaritos bullangueros que nunca faltan. En algunos momentos me pareció oler zorrino, pero creo que era yo.
A eso de las 15:00 llegué a la punta sur y crucé la pasarela. Mi plan era calentar agua para el mate, elongar y conseguir alguien que me llevara de regreso. Cumplidos los dos primeros puntos pasó un pescador que me dijo que iba a hacer unos tiritos y que sí, ningún problema, pero justo cayó una pareja de médicos de Dolores (Alejandra -médica forense- y no-recuerdo-el-nombre-del-marido-médico-clínico) que estaban de vacaciones relámpago por el sur y se habían venido de Calafate por el día. Como querían hacer algo distinto, llegaron hasta la punta sur y agarraron el senderito al glaciar Huemul, volvían esa tarde a Calafate y al día siguiente se iban a pescar. Si alquien que lea esto los conoce, pasele el link con las fotos del lago, por favor, y mi eterno agradecimiento por el tirón hasta la esquina de casa. Por supuesto, nos volvimos tomando mate.
Cuando llegué al pueblo me emprolijé un poco, me saqué el olor a zorrino de encima y nos fuimos al gimnasio a ver el Torneo de Hockey que estaba en su anteúltimo día. (Al día siguiente, ganarían Las Cachañas.)



Más info:
Trekking a Refugio Rio Diablo (Punta Norte del Lago del Desierto) 2011
Nota de Al borde con bastante historia (Jorge Gonzáleze)
Y Milthon sí llegó
Armando, Sandra y Gaby también... pero por el otro lado (Partes 1, 2, 3 y última)

martes, 22 de marzo de 2011

apuntes de viaje

Hoy, ¡justamente hoy! (*) me llegó el aviso de que publicaron en la web de NGC 3660 (España) mi cuento "Apuntes de viaje".
Una sorpresa que, justamente hoy (*), se agrega a las demás alegrías del día.

Este cuento se empezó a escribir allá por el 2003/2004, me acuerdo que estaba sentada en el patio de la Biblioteca Gálvez. Era, creo, un fin de semana de actividades y charlas que estaba organizando Sergio Hartman (varios días de CF, una tarde de calor, un lugar precioso; ¡qué más se puede pedir!) y Roberto Plaza estaba unos asientos más adelante, hablando de un viaje y mencionó algo sobre un "cuaderno de viaje". Yo venía pensando en algunas cosas sobre coexistencia y diversidad y eso me disparó el título (y el formato): serían los apuntes del viaje de una artista a un planeta muy muy lejano, o no tanto.

Lo tallereamos en casa y en lo de Móni, y después lo seguí trabajando de tiempo en tiempo, hasta su forma actual.

Lo pueden leer, comentar, pasar a pdf, mandárselo por mail a alguien o etc etc en la página de NGC:
Apuntes de viaje, un cuento por esta chica

(*) ¡Feliz cumpleaños a mí! (¡y qué feliz coincidencia!)

viernes, 18 de junio de 2010

速く

Me sigo sorprendiendo con los videos time-lapse. En este caso, una mezcla de paisajes naturales y urbanos de Japón. Una casi camina por esas calles repletas de vida. Los barquitos parecen insectos moviéndose sobre el agua. Un helicóptero-libélula sobrevuela la ciudad. La textura de la piedra, en contrapunto con las ramas verdes que las contornean. Hayaku (速く); rápido...


Hayaku: A Time Lapse Journey Through Japan from Brad Kremer on Vimeo.

¡Gracias Brad Kremer, por las imágenes y los sentimientos que despiertan!

viernes, 16 de abril de 2010

dándole la vuelta al huemul

Unas semanas atrás M. me había dicho que venía la gente de ESPN Aventura a cubrir el V Desafío Chaltén (una carrera que tiene una parte en bici y otra corriendo) y que, después de eso, iban a filmar un especial sobre uno de los circuitos de trekking que hay por acá en el Parque Nacional Los Glaciares, coloquialmente conocido en Chaltén como “La vuelta al Huemul”.
El Huemul es un cerro bastante imponente de unos 2677 metros, que se encuentra al sudoeste del pueblo. En realidad queda medio perdido porque, comparado con los macizos del Fitz y del Torre, no hay demasiado lugar para otra montañita hermosa en la zona. Ya hay demasiadas... Pero se ve también desde el pueblo, roca negra con salientes delineadas por algo de nievecita, que marca los contornos del cerro. Parece una gruta gigantesca dada vuelta, o un castillo medieval, pero bien oscurito. Tiene varias cimas, así que, dependiendo del ángulo, parecen varias montañas pegadas, una al lado de la otra.

El circuito que se hace alrededor lleva generalmente unos cuatro días. Y tiene también el atractivo de llegar a uno de los pasos desde donde se puede observar una buena parte del Campo de Hielo Patagónico Sur y el cordón Moreno. Y los nacimientos de los glaciares Viedma y Upsala.

Hacía ya unos años que había escuchado hablar del Paso del Viento, cuando alguien me había comentado de un intento que no pudo concretar porque el viento las había tirado al glaciar (hay mucho viento en el Paso del Viento). Así que siempre me lo imaginé como un lugar de acceso bastante complicado y me había contentado con pasarme una Navidad hace unos años en laguna Toro, que es el primer campamento que generalmente se usa cuando se va para allá.

Entonces, cuando M. me dijo que quizás necesitaran algunos 'extras' para la filmación, dije que sí enseguida. El día anterior a salir, todavía no teniamos mucha más idea de qué ibamos a hacer, pero ya habíamos estado hablando con F., el otro 'extra' que también trabaja en una de las agencias acá y que iba a ir, y estábamos bastante emocionados y con muchas ganas de hacerlo. El guía iba a ser C., de quien todo el mundo hablaba muy bien, pero a quien yo todavía no conocía.

Revisando la lista de equipo que se podía necesitar, aproveché para comprarme un cubre-pantalones impermeable, que era algo que no tenía y que seguramente iba a necesitar usar en algún momento, porque había algo de lluvia pronosticada. Conseguí un Eider, con cierres laterales (eso lo hace más cómodo para ponérselo y sacárselo) y 'trampa para nieve' o algo con un nombre parecido que lo que hace es evitar que la nieve se meta para arriba por la botamanga. Todavía no entiendo a qué se agarra, pero bue, será cuestión de investigar. Toda una inversión, pero es bastante bonito el coso y, por los comentarios de 'la gente que sabe', parece que mi definición de bonito sigue incluyendo que además funcione bien.
Por suerte no tuve que estrenarlo, aunque eso no quiere decir que no nos lloviera. Pero me adelanto. Vamos por partes. La cosa empieza y termina con asado, así que bastante, bastante bien.

Voy a backfilear posts con la fecha correcta, así que allí van, uno por cada día de trekking:

Click para leer Día 1: Chaltén a Laguna Toro (4 de Abril)
Click para leer Día 2: Laguna Toro a Refugio Paso del Viento (5 de Abril)
Click para leer Día 3: Al Paso Huemul (6 de Abril)
Click para leer Día 4: Volviendo a El Chaltén (7 de Abril)

El álbum de fotos, con mapita incluído, se encuentra aquí:
Vuelta al Cerro Huemul, El Chaltén, Santa Cruz, Argentina 

¿Quieres saber más?
Fotos del Cerro Huemul en Flickr
Information about the Los Glaciares National Park, where Mount Huemul is located
Information about the Southern Patagonian Ice Field
Rescate en la Vuelta al Huemul

miércoles, 7 de abril de 2010

Vuelta al Huemul Día 4: Volviendo a El Chaltén

Cuando abrí la puerta de la carpa, me encontré con el amanecer sobre las montañas de un lado y sobre el lago Viedma del otro. Fuí a hacer mis abluciones matinales lejos del grupo de acampantes y me volví a meter en la bolsa de dormir, esta vez con la cámara de fotos. El cambio de luces sobre el cordón montañoso nevado atrás del glaciar Viedma, el color del agua, del bosque de lengas que habíamos bajado el día anterior. Eran cambios graduales, en un momento pensaba “Ya se terminó, ya es oficialmente la mañana” y ahí pasábamos de nuevo a otro matiz del rojo o del amarillo. O una combinación de ambos.

Escuché que C. se estaba levantando y preparando las cosas del desayuno y me fuí a buscar agua. No había nada de viento. Hermosa mañana. Nos terminamos todo lo desayunable que quedaba, con tal de cargar lo menos posible y, después de desarmar campamento, emprendimos la marcha por la costa, bordeando el lago.


Un humano apareció entre unos árboles, y luego desapareció de nuevo.
Un poco más adelante nos empezamos a alejar del lago en dirección al pueblo. Teníamos por delante unas lomadas y el vadeo del río Túnel, que desemboca justo antes del casco de la estancia Río Túnel.
Entre las lomadas, salían corriendo las liebres. Cada tanto me daba vuelta para mirar el lago y el glaciar, que de a poquito se iban alejando. Estaba bastante cansada y me quedaba un poco rezagada del grupo, pero el sendero era bien visible, excepto en algunos lugares donde cruzamos mallines, sin demasiada agua (en esta época del año). Llamamos por teléfono para avisar que ibamos a estar 14:30 en el estacionamiento del puerto, así nos venian a buscar cuando llegabamos. Lo que es la tecnología.

Ya después de la última elevación desde donde todavía teníamos vista al glaciar, el terreno iba mayormente en bajada y decidí hacer la prueba de caminar como parte del grupo. En general camino sola, a mi paso, pero ahora me sumé al ritmo del grupo caminando y la sensación era diferente. En cierta manera me resultaba más fácil. Aunque me pareció que también podía ser más fácil descuidarme, con tal de seguir el paso del grupo. Pensé en nómades, en cazadores-recolectores moviéndose en grupo. Una piensa cada huevada cuando camina, jé. En la última bajadita hasta la tranquera de la estancia, con una pendiente marcada, mantuve el paso. Me da la impresión de que, inclusive yendo a la misma velocidad, la sensación de caminar en grupo y la sensación de caminar sola eran muy diferentes. Seguramente sea una obviedad, pero antes no le hubiera prestado atención. O por lo menos no lo hubiera considerado de una manera positiva.

Y nos quedaba el vadeo del río. Venía fuertecito y estuvimos caminando un poco antes de encontrar un lugar que nos resultara aceptable. C. y F. nos prestaron de nuevo las medias de neoprene. Fuí egoista una vez más y agarré viaje. Cuando ya pensábamos que habíamos cruzado, nos sorprendió un último brazo que venía con más corriente que los anteriores. Yo no sabía cómo iba a hacer para cruzarlo con las patas como venía. Venía muy cansadita y de nuevo un poco más atrás. C. volvió, me agarró la mochila y me cruzó de la mano. En un momento iba demasiado rápido para mí y le tuve que pedir que fuera más despacio, porque me caía. Pero, aparte del remojón, pudimos cruzar bien y una vez del otro lado nos dedicamos a secarnos y a respirar de nuevo. Un tranquito más y ya estabamos pasando el casco de la estancia y llegando al camino. Al costado había unas matas de rosa mosqueta madura; las que están cerca del pueblo todavía tienen para unos cuantos días más, así que se nota que hay un microclima bastante distinto de este lado del Huemul. Vimos unos patos también, dando vueltas por el campo.

Llegamos al estacionamiento en el puerto. Era raro ver autos y un micro. Gente pescando. G. nos vino a buscar en la camioneta a los cinco minutos, y cayó con unas latitas de cerveza que fueron muy bien recibidas. De ahí al pueblo. La vista de las montañas estaba despejada, un día espectacular.

Lo dejamos a F. en su casa y me dejaron a mí 'en la mía'. Salí a conseguirme algo de comer. Me bañé. Me dormí. No estoy muy segura de en qué orden pasaron estas dos últimas cosas. Pero a las 21 nos ibamos a juntar en lo de C., a comer un asado (admirable que todavía tuviera fuerzas para armar un asado...).
Así que pasé a saludarlo a L. por el cumple y de ahí rumbeé para lo de C.

Y el asado estuvo muy, muy, pero muy rico.

martes, 6 de abril de 2010

Vuelta al Huemul Día 3: Al Paso Huemul

Confirmado, una ratita menos en las inmediaciones del refugio, llamen a Greenpeace y quejensé. De cualquier manera, F. declaró que alguna otra le había estado caminando por arriba a la noche, así que no creo que estén en peligro de extinción.
Fué un día de subidas y bajadas, siguiendo en la mayor parte del sendero el camino del arroyito, hasta que siguió bajando y lo perdimos de vista. Impresionante la vista del glaciar Viedma a la derecha nuestro, y de las lagunitas abajo. En algún momento me acordé que hoy era el cumple de A., y bué, me quedaba un poco lejos para pasar a saludarla, pero por lo menos me acordé.

Unas horas más tarde, de la nada entre las rocas, salió un río, el Paula. Ya no me daban más las piernas de la caminata y me flaqueó el pié cuando tomé impulso para saltarlo. Casi casi aterrizo mal, C. me atajó del otro lado. Noté que el nivel de azúcar en sangre me había bajado (leasé me habían empezado a temblequear las patas) así que me atiborré de caramelo, chocolate, palito bombón helado. Bueno, no, esto último no. Pero sí me reaprovisioné bien. Con el tema del paisaje y el esfuerzo de la caminata no había comido nada desde el desayuno y me había olvidado de meterme algún caramelo en el bolsillo. Así que solucionado el problema del azúcar en sangre, pude seguir la caminata más estable. Paramos un rato en un lugar desde donde se veía la extensión del Viedma, hasta que se perdía en la desembocadura. Un arcoiris colgaba de las nubes, una especie de arcoiris-nube, hermoso.

Siguió levantándose viento y, mientras ibamos subiendo al Paso Huemul, arreció y nos empezó a precipitar. Me gusta la expresión 'precipitar'. Es simpática y mientras el vendaval con agua fría me partía la cara y las manos yo puteaba y pensaba en qué simpático que era el término. Después ya no pensaba en nada más que poner un pié después del otro y seguir subiendo atrás de los demás y mover las manos porque se me estaban partiendo los dedos y la lluvia y el viento, sucundún sucundún.

Fué pasar del otro lado y ya estaba más protegido del viento. La lluvia quedó del otro lado del Paso, por lo menos por un rato. Así que empezamos a bajar entre un bosquecito de lengas achaparradas, con el Viedma por delante. La ladera por la que bajaba el senderito estaba prendida fuego. El tono de las hojas variaba desde el verde, pasando por un amarillo anaranjado hasta el rojo. Caminar por arriba de eso (los árboles no pasaban de la cintura) era una sensación rara que casi me hizo olvidar que estaba toda empapada y con bastante frío. Maravilloso, creo que salió el sol por un momento, o por ahí era la luz de las lengas. Llegamos a la base del bosquecito de lengas y nos pusimos a preparar algo caliente. Bah, aramos dijo el mosquito, me tuve que poner a saltar porque me estaba agarrando cada vez más frío, N. hizo un comentario sobre 'hipotermia' y me dió la impresión de que quizás, quizás, algo de eso estaba en ciernes porque el termostato no me estaba funcionando como debiera. Así que, después de dar unas cuantas patadas al aire, me senté a tomar una sopita, y otra... y creo que otra más también. Atacamos algo de salamín y queso, y lo que quedaba de la palta. Y ya el mundo tuvo otro colorcito. Color cerealitas, ¡ñam!. Inclusive cuando se puso a neviscar, ya la cosa pintaba mejor.
Cuando paró de neviscar nos fuimos hasta una condorera que hay cerquita. Soplaba bastante viento, así que yo estaba medio helada todavía, pero bueno, última parte de la filmación. Al principio la condorera (una pared de piedra donde los bichejos van a posarse) estaba vacía. Al rato nos sobrevoló uno, que impresionante. Ver algo tan grande y tan vivo, tan cerca. Giró y bajó hasta atrás de una saliente que nos lo tapaba. A los minutos llegó otro. Y después otro, este sí lo veía bien desde donde yo estaba. Alas negras, sanas. No sé porque siempre tenía el recuerdo de los cóndores en el zoológico, pobres bichitos grises. Éste se dedicó a acicalarse. Las alas me daban la idea del inmenso abanico de una dama. Después también sobrevolaron algunos halconcitos. F. dice que a veces se ponen a pelearse con los cóndores, y que vió algunos sacando de ruta de vuelo a un cóndor porque se había metido en su terreno.

Todavía nos quedaba 'la bajada'. De acuerdo a algunos, lo que uno tiene que hacer si quiere joderse las rodillas es bajar el Paso Huemul con 20 kg a la espalda... Yo eso no cargaba, pero que todavía se me están recuperando las rodillas, seguro. Bueno, parecido a encintar arbolitos allá en lo de H., pero yendo hacia abajo en vez de hacia el costado. Todo un ejercicio en fijarme adonde ponía las patas. Me lo tomé con calma y bajé despacito, ni las piernas ni el coraje me daban para hacerme la cabra montesa. Un bosque muy lindo y una vista espectacular. Un rato después, ya mirando el paso y la bajada desde el lago, no podía entender por dónde habíamos bajado. Empinadín. Había una sección con una cuerda fija, C. me esperó para agarrarme los bastones y ver que no me cayera (o mirarme mientras caía, no había otra cosa para hacer que no caerse, digamos). Después siguió un rato más de bajadita hasta el lago. Ya ahí el cielo estaba limpiando y casi prometía un poco de sol. Pero el cerro (ah, sí, el Huemul mismito, que ahora veíamos del otro lado) nos cubría la luz del sol a esa altura del día (y supongo que a esta altura otoñal del eje de inclinación terrestre, también).

Armamos el campamento cerca de la playa (no había nada de viento) y nos dedicamos a preparar unos mates y la cena. C. le tiró al arroz todo lo que nos había quedado, quedó riquísimo. Me abrigué y saqué la bolsa de dormir afuera y me quedé un rato con los demás mirando las estrellas. Nos arrepentimos de vuelta, nuevamente, otra vez, por no haber traido algún etílico. El cielo estaba impactante. La Vía Láctea de lado a lado, las nebulosas. Se veía todo. Hasta algún plato volador ¿o sería un satélite?. Me agarró frío, así que me fuí a la carpa. C. y F. se quedaron vivaqueando afuera y decían que la salida de la luna sobre el lago fué espectacular.
Leí un ratito y me dormí.

Y esto finaliza, finalmente, en el día 4.