miércoles, 12 de octubre de 2016

cárceles argentinas, roca y las tres carabelas

Estas palabras las escribí para el acto del Día del Respeto a la Diversidad del 2016. Como yo no iba a estar en el pueblo, tuve la suerte de que A., la directora del grupo de Teatro de la Biblioteca Popular (y tallerista de Teatro del CABI), aceptara leerlas por mí y repartir los papelitos de colores que se iban a usar en la actividad (los papelitos sobrantes del armado de una bella Wiphala, algún otro año). También le pedí permiso a E. para usar un texto que había publicado en su Facebook y que me pareció que resumía unas cuantas cosas. Así que, nuevamente, gracias a ambas. 


"Hace un tiempo estuve en casa de mi hermano. Después de comer, me puse a jugar con mi sobrino. Matías tiene dos años y todavía no habla, pero balbucea. Me señaló la puerta de la casa y hacia ahí fuimos, aunque no salimos del todo. Nos quedamos del lado de adentro, detrás de las rejas. Paré a Matías sobre la caja del medidor de gas y él se agarró a los barrotes, como un monito.
Era la hora de la siesta y no había movimiento en la calle.
Solo había dos chiquitos revolviendo basura en el contenedor de enfrente. Creo que eran hermanos. Uno tendría siete años y el otro cuatro. Matías se sacudió y ellos nos miraron. Después, el más grande acomodó unas cajas de cartón en el chango y empezó a empujar. Vamos, le dijo al más chico. Pero el de cuatro no nos sacaba los ojos de encima. Lo ví mejor y me impresioné. Tenía la cara llena de cicatrices. Marcas de quemaduras, parecían. El más grande empujó el chango, que sonó como un portón oxidado. Matías volvió a saltar y a gritar. El de cuatro siguió a su hermano, obediente, aunque sin dejar de mirarnos. Y de pronto clavó los pies, como diciendo: tengo que hacer algo. Sentí un frío por la espalda. El chiquito respiró hondo y corrió hacia nosotros. Su velocidad me dio miedo. Quise desprender a Matías de los barrotes y meterlo para adentro. Pero no tuve tiempo. ¿Qué haría cuando llegara? ¿Nos pegaría? El pequeño diablito llegó en menos de un segundo. Se agachó, desapareció tras la pared que sostenía las rejas, y reapareció con un globo. Se lo dio a Matías. Un globo viejo desinflado de helio. Un globo que solo llegaban a ver Matías y el nene de cuatro años. Desde donde yo estaba, no lo podía ver.
No, mi amor, le dije. Ese globo es para vos. Se lo dije con las piernas temblando. Con la voz asustada. El nene negó con la cabeza y alargó otra vez su mano con el globo. Matías se lo sacó de las manos y le agradeció a su forma, como los monitos.
El pequeño diablo volvió con el mayor a la misma velocidad con la que había llegado. Su hermano empujó el chango cargado de botellas y cartones. Ya no nos volvieron a mirar. Doblaron en la esquina y desaparecieron. El temblor de las piernas no se me iba. Un nene de cuatro años me había asustado. ¿Ese pequeño diablito? ¿De verdad le tenía miedo a un chico de setenta centímetros? ¿Era eso lo que me hacía temblar?
Agarré a Matías y lo metí adentro. Creo que un poco lo obligué. Lo mejor sería que nos pusiéramos a tirar fichas de dominó por el aire, o nos sentáramos a ver la tele.
A la noche volví a casa.
Las piernas me seguían temblando. No podía dormir. Todavía sentía mucha vergüenza y yo olía a trapo viejo mojado."
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Este texto no es mío, es de Estela Getino, que es cineasta, mujer y maratonista principiante, y que comparte estas escenas breves en su Facebook[1]. A veces, en el arte, se dice la verdad contando mentiras y no sabemos si esta historia sucedió, pero sí sabemos que es cierta.
La Conquista empezó hace más de quinientos veinticuatro años y continúa hoy. Se reedita cada vez que quien tiene algún tipo de poder, lo usa para justificar el despojo. Tuvo su réplica tardía en nuestra región con la Campaña del Desierto, y aún hoy hay quienes piensan que el exterminio puede ser bandera de cruzadas. La Conquista continuó con las maniobras que fueron despojando a quienes sobrevivieron de las tierras que les quedaban; porque lo que no lograron la masacre, la esclavitud, la enfermedad; lo continuaron y profundizaron el alcohol, la marginalidad y la pobreza, cercadas las comunidades originarias por la voracidad del estanciero, de la explotación minera y forestal, o del turismo. La ambición humana de tener más, de poseerlo todo.
La Conquista debe detenerse en cada persona, o no tendrá fin. Nuestro pueblo, este rejunte que somos, traído por el viento, nos da una oportunidad que no tuve en mi niñez, la oportunidad de crecer con la diversidad, aceptándola y aprendiendo de ella. Cuando viajaba desde mi pueblo a Buenos Aires, en colectivo al centro, o volvía cansada a la noche, viajando parada, jugaba a adivinar dónde iba a bajarse la próxima persona. Logré afinar bastante este sexto sentido, que me dejaba conseguir asientos rápido con bastante precisión. Mucho más tarde, quizás demasiado, se me ocurrió pensar cómo elegía a la siguiente persona en bajar. Era por el color de su piel, por cómo iba vestida. Encontré que hay una relación entre nuestro origen étnico y nuestros ingresos y nivel de vida.
Esto no se refleja solamente en los lugares en los que nos toca vivir. Estuve investigando un poco: Pensemos en la población carcelaria de nuestro país. Una pensaría que la distribución de los grupos debería seguir la distribución de la población. Así, si de cada 100 personas que viven en nuestro país, 6 son extranjeras, es cuanto menos raro que de cada 100 personas presas, 22 sean extranjeras[2]. Sería tres veces más. En otro informe encontré que el 85 por ciento de la población carcelaria no llegó a completar su secundaria[3]. Busqué datos sobre los orígenes socioeconómicos y veo que alrededor del 80% no cuenta con empleo fijo o es mano de obra desocupada. Parece que tener un empleo estable y la secundaria terminada hacen más difícil el ingreso al sistema penitenciario.
¿Y quiénes completan sus estudios? Flavia Terigi, investigadora en Educación, realizó una comparación entre diversos programas latinoaméricanos que intentaban apuntalar la permanencia de los chicos y chicas en las escuelas y describe el fenómeno de “vulnerabilización”. Extraigo este segmento que lo explica: “Tomamos   la   expresión   “vulnerabilizados”   (...),  en  tanto  consideramos  que  expresa  mejor  que  “vulnerables”  una  condición  que  afecta  a  vastos  sectores  de  las  poblaciones urbanas. Esa condición es el resultado histórico y (esperamos) reversible de procesos sociales que  producen  como  efecto  la  situación  de  vulnerabilidad:  los  grupos  no  “son”  vulnerables  por  alguna  condición  propia  que  los  haga  tales,  sino  que  están  colocados  en  situación  de  vulnerabilidad  por  efecto  de procesos de concentración de la riqueza, de explotación económica, de segregación en la participación política y de desigualdad en el acceso a los bienes culturales.” [4]
Les pido que hagan el siguiente ejercicio con la hojita de papel: piensen en dos personas que conozcan que hubieran querido poder terminar la primaria o la secundaria, pero no pudieron. Anoten los nombres en el papelito, primero (van a necesitar lugar para otras líneas, no ocupen toda la hoja). ¿Listo? Ahora piensen dos personas que tengan un trabajo eventual, que no tengan siempre trabajo, a veces sí y a veces no. Pero lo importante es que ustedes consideren que el trabajo que hacen es, digamos entre comillas, “menor”. Anoten. Otras dos.
Ahora otras dos personas, piensen en un nivel gerencial, o de conducción política, con responsabilidades “importantes” en un trabajo “importante” (lo digo entre comillas porque hay mucho para pensar sobre esto). Anoten sus nombres.
Y, el último grupo, si conocen, el nombre de dos personas que estén presas. Les doy tiempo…
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¿Qué nos pasa, aquí y ahora, con éstos temas? ¿Qué tienen que ver la escena de la tía aterrorizada por un niño de cuatro años portando un globo,  las poblaciones marginalizadas, el color de la piel, los asientos libres en un colectivo lleno de gente que vuelve a casa, qué tienen que ver las cárceles argentinas con Roca y las tres carabelas?
Hace un par de semanas, la Prefectura torturó a dos chicos de una villa de Buenos Aires, por portación de ropa que no se ajustaba a su idea de cómo debe vestirse una persona de la villa. Cuando los medios le preguntaron al padre del pibe de 15 qué sentía, el señor respondió: impotencia. Gracias al apoyo de las organizaciones sociales a la persecución posterior, siete prefectos fueron dados de baja de la fuerza[5]. ¿Qué tiene que ver esto con la Conquista?

¿Quiénes son los trabajadores golondrina? ¿Dónde tienen sus casas? ¿qué significa no tener tierra? ¿Qué pasa cuando se organizan, como en el caso por ejemplo del Movimiento Campesino de Santiago del Estero, el MOCASE, o el Movimiento Sin Tierra, en Brasil? ¿De quiénes son las venas abiertas de América Latina?

Alguna vez escuché a la periodista y activista Naomi Klein decir que los tiempos de las sociedades son inmensos, y que todavía, más de 500 años después, no terminamos de atender a todas las consecuencias de la Conquista de América. Quienes estaban ahí en el origen, siguen hablando hoy, por boca propia y ajena. Porque hoy estamos acá, juntos, y nuestras diferencias debieran fortalecernos y no separarnos. De la discriminación nace el miedo, que pone entre rejas tanto al puño que aplasta como al brote que surge.
La Conquista continúa, y tenemos que terminar con su historia de miedo y arrogancia. Sin miedo, somos tierra que anda: ¡Runa allpacamaska![6].





[4] Segmentación urbana  y educación  en  América Latina. Aportes de seis estudios sobre políticas de inclusión educativa  en  seis grandes ciudades  de  la región. Flavia Terigi. Revista Iberoamericana  sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación (2009) - Volumen 7, Número 4 http://www.rinace.net/reice/numeros/arts/vol7num4/art2.pdf  y otro informe encuentra que de “(…) los jóvenes urbanos cuya madre tiene baja educación, más del 40% han desertado (55% en las zonas rurales); en cambio, entre aquellos cuya madre ha completado al menos la educación primaria, la proporción bordea el 15% en las zonas urbanas y el 34% en las rurales.[4]
[6] De Atahualpa Yupanqui, “El hombre es tierra que anda.” http://www.fundacionyupanqui.com.ar/tierraqueanda.html

sábado, 8 de octubre de 2016

gendarmería no pide disculpas

(Intenté escribir esta entrada en un tono más "literario", pero se vé que, cuando me toca a mí, no me sale.)

El miércoles pasado, 5 de octubre, viajé a Calafate por un problema de salud. Pensaba bajar en la entrada, pero el chofer del micro de CalTur me avisó que no estaba parando más en el Hospital, porque lo habían suspendido por hacer eso. Parece que la jefatura de la empresa no ve el mismo problema con entrar al Aeropuerto, a pesar de que tampoco tienen permiso. Será mas cool incumplir la ley dejando turistas en el Aeropuerto que locales en el Hospital. En fin, a nuestro tema de hoy.

        En la entrada de Calafate, unos quince o veinte minutos antes de las 11:00 hs, como ya es habitual, subió la Gendarmería a revisar la documentación de los pasajeros y la lista de los ídems. Una femenina y un masculino, pidieron documentos y leyeron, o hicieron que leían, porque a veces una no está segura. Terminada la ronda, la femenina se acercó al masculino y le comentó algo.

        Ahí ví la primera lucecita roja: al subir yo también había notado un perfume fuerte en el pasillo. Algo dulzón, sahumerio.

        El masculino miró a los que ahora nos habíamos convertido automáticamente en traficantes de droga, a saber: esta chica, del otro lado del pasillo de esta chica un señor viejito del pueblo, atrás de él un treintañero largo con pinta de jipi, y atrás mío una pareja de turistas extranjeros.

        Parece que esta chica tiene una pinta de traficante que voltea, sobre todo cuando se le está partiendo el pecho por lo que, horas mas tarde, la amable médica que la atendió en el Hospital determinaría que no era un problema cardíaco, sino gástrico. Sé que exagero un poco (¡bueno!) con la combinación de colores en la ropa, pero de ahí a resultar la principal sospechosa de este grupete... El jipi estaba, de lejos, antes que yo.

        Entonces, el masculino me dijo que necesitaba que bajara del micro. Yo le respondí que no, que no había razón y que me quedaba ahí. Él me pidió revisar mis pertenencias. Le dije que sí, pero que él no, que su compañera sí podía, que yo se las iba a mostrar. La femenina se acercó y empecé metódicamente a desarmar mi mochila y mostrarle cada recoveco. A la mitad, mi cuerpo se empezó a poner nervioso, por más que intentara respirar hondo. Me temblaban las manos con una mezcla de miedo, impotencia, bronca, todo lo que me viene bullendo dentro cuando pienso en estos abusos de autoridad. Yo las ignoraba y no sentía nada, cabeza fría y a respirar hondo. Pero las manos gritaban. Dejé para lo último mostrarle la netbook de Conectar Igualdad. Ahí a la femenina algo le hizo ruido con su veredicto, pero siguió la requisa.

        Terminé de mostrarle la mochila, y me pidió que le mostrara la campera, así que procedí a abrir cada bolsillo y mostrarle el contenido.

        Pero ahora había pasado a ser más sospechosa todavía, porque me temblaban las manos. La femenina se lo dijo al masculino ("Está nerviosa") y el masculino me preguntó porqué. Le respondí que porque ellos eran dos y estaban armados. Ahí él empezó un par de vueltas de "éso no tiene nada que ver", la que terminé después de un par de loops con un "bueno", y un encogimiento de hombros. Me pidió que le dé el documento. Le dije que no se lo podía dar, que se lo podía mostrar si quería, y no insistió. La femenina me preguntó si no tenía problemas en sacarme el pantalón arriba del micro, a lo que le repregunté porqué iba a pedirme eso, si yo estaba cooperando y le había mostrado todo. Ella dijo que por el olor. Yo le dije que lo único que le podía decir sobre el olor, era que no era mío. El masculino me espetó un bastante violento "¿Usted consume estupefacientes, no?". No lo podía creer. Le respondí que no, que como iba a consumir estupefacientes, si eran ilegales. Ése fué el único cinismo que elegí permitirme. Los únicos que estaban incumpliendo la ley eran ellos dos, que no tenían su identificación a la vista (estaban usando unos chalecos fluorescentes arriba y, por más que miré, no se veían). Por supuesto, ésto último no se los dije: yo necesitaba llegar al Hospital.

        Se bajaron los dos del micro, pero no arrancábamos. El viejito me dijo: "Piba, esto va para largo" y bajó a fumar. El jipi lo siguió. La familia del Papu (estudiante de la EPJA Primaria) se bajó ahí, tenían turno en el Hospital. Cuando finalmente llegué al Hospital me los crucé a él y al padre, que me dijo que no podía creer que me estuvieran revisando a mí (ellos estaban en el fondo y no veían a quién estaban requisando), y me preguntó qué era lo que llevaba. Una también quisiera pensar que este tipo de procedimientos se los hacen solamente a los culpables criminales malos malísimos y que esta chica seguramente algo habría hecho, pero una viene leyendo los diarios del mundo y ya perdió la inocencia hace rato.

        Al minuto subieron al micro el viejito y el jipi, y este último me dijo, "quedate tranquila, Flaca, que ya negociamos". Ni le quise preguntar qué habían "negociado", pero el loco estaba incontenible. Yo creo que era uno de civil, porque si no no se explica que no haya sido él el primer "sospechoso", por portación de jipismo flagrante. Y agregó, haciéndome oler su riñonera de aguayo (vaaaamos), que tenía una plataforma arómatica de patchouli de al menos el mismo tamaño que nuestra plataforma submarina. Hijo de puta(*), podías haber saltado antes a aclarar las cosas. La gente se divierte barato con el sufrimiento ajeno. Mi venganza silenciosa fué sonreirle cuando me tiró en broma un "Vamos miti-miti, ¿eh?". Quedate con la duda, salame.

        El micro arrancó y finalmente llegué a la Terminal, desde donde me dediqué a seguir mi vida después de esquivar un par de tiritos del jipi, que supongo que pretendía que le diera las gracias. ¿Ah, mi héroe? Salame. Lo saludé al viejito y, mientras caminaba hacia mis trámites, llamé por teléfono a unos amigos en Calafate para avisarles lo que había pasado, porque tenía las tabas de gelatina. Y porque tenía miedo.

        ¿Y recibir disculpas de nuestros defensores de la frontera?

        Las espero sentada. No fué ninguna equivocación. Ellos estaban haciendo el trabajo para el que los entrenaron y formaron: culpabilizar, vigilar y controlar a la población.

        Conocé tus derechos. La próxima vuelta te toca a vos. No dejes que te bajen del vehículo, no les des tu DNI, mostráselos de lejos con testigos cerca. Siempre con testigos cerca, mirando todo. Siempre con el respeto que vos te merecerías, aunque no sea recíproco. No tenés porqué responder nada. Sin una orden judicial o sin flagrancia, no pueden tocar ninguna de tus pertenencias. Asesorate y evitá problemas. Poné un límite.


(*) Sí, yo también uso insultos y malas palabras, cuando es oportuno. He recibido aplausos de pié.

sábado, 4 de junio de 2016

gendarmería celebra el Ni una menos

El jueves 2 de junio, el micro de las 18:00 que venía desde Calafate a Chaltén, fué detenido por Gendarmería como es rutinario, a la salida de Calafate. Al micro subieron dos gendarmes. Hasta aquí, lo que suele pasar, suben, te piden el DNI para revisar la lista de pasajeros (o a veces sin la lista, deben tener una memoria prodigiosa estos muchachos).
  Casi todo “bien”. Una, que tiene ganas de llegar a su casa y que cree entender que algo están haciendo, porque la explicación de esta demora debe tener que ver con el tema de la trata de personas, o algún operativo; le alcanza al operativo su DNI, o su cédula-vencida-que-ya-no-existe-más-pero-donde-salí-mejor-en-la-foto, y sigue camino.
  Pero esta vez no estuvo todo “bien”.
  El gendarme le pidió a la pasajera que abriera su mochila. Cabe agregar aquí que la pasajera en este caso es una mujer curtida por la vida, de entre 40 y 50 años, que viajaba con su hija de veintipico, embarazadísima de muchos meses la joven, y que la pasajera en cuestión venía de hacerse un estudio de contraste de esos que te dejan tirada y sin defensas. 

  Acá con la mochila no hay forma de zafarla, ¿qué motivo tiene un gendarme masculino para revisar el bolso de mano de una pasajera femenina, con DNI de la zona, en la lista de pasajeros?
  El menos-que-humano le hizo sacar sus medicamentos de la mochila, amenazó por radio que la mujer llevaba medicamentos “sin receta” (¿una tiene que cargar permiso de portación de los remedios que usa?).
  El sabueso del terror le pidió que sacara la ropa interior que la mujer tenía dentro de la mochila, y que le mostrara “más abajo, más al fondo”, lo que tenía en el bolso.
  El abusador le hizo explicarle y rogarle por sus medicamentos que llamara al puesto sanitario de Chaltén para confirmar que ella estaba autorizada a transportar esos remedios.
  El malnacido trabajaba con un compañero gendarme, que no detuvo el abuso, y con la complicidad del resto del micro, que no dijo nada.
  Cuando se bajó del micro, después de terminar su “trabajo”, el gendarme prendió un cigarrillo y compartió unas risas con sus compañeros del destacamento. Después de esta escena, se prendió un pucho. Dejo al criterio de quien lee la interpretación de este acto.

Uno acá tiene que pararse a pensar un poco, porque el reflejo es indignarse y cuestionar a la víctima por no haberse defendido. Es lo que me pasó a mi ayer a la noche, cuando la estudiante de la EPJA Primaria me contaba lo que les había hecho a ella y a su hija este agente público que se supone que debería estar protegiéndolas, cuando volvían de los controles médicos que se habían hecho en Calafate. Y yo, imbécil, lo primero que pensé fué: “éso a mí no me puede pasar” y “yo no dejaría que éso me pase”. ¿Qué me “defiende” de éso? ¿Mi color de piel? ¿la tonada con la que hablo? ¿mi título universitario? No debo poner en la víctima la responsabilidad de la defensa. Debo culpar al atacante por las faltas cometidas. No debo poner en la víctima la responsabilidad de la defensa. Debo culpar al atacante por las faltas cometidas. Repetir mil, dos mil, las veces necesarias, hasta que lo entienda.

  Dos mujeres, una embarazada de muchos meses y su madre, que una noche quieren llegar a su casa viajando 220 kilómetros y que intentan cumplimentar con lo que les pide un supuesto oficial de seguridad. En vez de eso, son menospreciadas y amenazadas por un loco armado con poder.

  ¿Qué detiene este tipo de accionar abusivo por parte del personal de Gendarmería? Una, una sanción por parte de la superioridad por abuso de poder. Otra, una denuncia pública de que este tipo de acciones no pueden tener lugar.

  Otra más, y la primera, una reacción de parte de todo el pasaje del micro. Porque, como me podría pasar a mí, cualquiera iba a intentar causar el menor problema posible con tal de que no la “bajaran del micro” (el último micro en el día, lejos de casa, sintiéndome mal, viajando con la panza de mi hija que cada vez se pone más nerviosa). Inclusive comerse el abuso. Pero si más personas del pasaje del micro le dicen al inhumano que se detenga, que explique ese accionar, el operativo de abuso se detiene. Porque no hay explicación. Ninguna de estas acciones (desde el pedir la documentación en adelante) es legítima. Solamente las legitima nuestro acuerdo de que cooperamos con ellas.

  Cuando decimos Ni una menos decimos que el abuso no puede dejarse pasar. No es casual que esto le pase a dos mujeres viajando “solas” (solas en un micro con otra decena de personas, muchas vecinas de su localidad). Cuando decimos Ni una menos significa que hay que hacer lo que uno pueda para detenerlo, que no estamos solas cuando viajamos.


  Espero que alguien levante estas líneas y pueda hacer algo más. Pueda continuar con el siguiente paso en la cadena de pasos que haga que este infrahumano ya no le pueda hacer ésto a otra persona que quiera llegar a su casa, viajando 220 kilómetros en medio de la noche helada que tuvimos el jueves pasado.

jueves, 24 de marzo de 2016

vinieron con las armas

Estas palabras las escribí para el acto por el Día de la Memoria del 2016. Un día complejo, con la inoportuna visita de Barack Obama, el jefe de estado del país que apoyó todos los golpes de estado en América Latina durante los '70s.

Ellos vinieron con las Armas, pero también vinieron con la aprobación silenciosa y el apoyo declarado de muchos sectores. El poder económico. El poder imperialista. La Iglesia católica. Algunos partidos políticos. Y parte de la población.

  El año pasado le pregunté a mucha gente qué era importante recordar en esta fecha. Qué era lo que no teníamos que olvidar para que la historia no se repita. La respuesta que me quedó clavada en el pecho fué que hay que recordar que una parte de la población pensaba que la mejor alternativa era sacar al gobierno democrático del momento ¿Qué podía ser peor que Isabelita y López Rega?
No voy a cometer el error de decir que un golpe cívico militar como el del '76 fué responsabilidad de la población, había un contexto internacional que lo impulsaba, había intereses económicos e ideológicos, internos y externos. Y la fuerza fué aplicada por las manos que conocemos, a través de todas las Armas de nuestra república.

  Este año quiero invitarnos a pensar cómo sostenemos la Democracia entre todos, y porqué la memoria y la verdad son dolorosamente, trabajosamente, necesarias si queremos una justicia que funcione, que nos sirva. Que nos sirva. Que colabore en esto de vivir en Democracia, escuchando a todas las voces para entender la verdad.

  Buscando otras voces encontré una exposición del Juicio a las Juntas, donde un hombre, posiblemente un abogado, relataba el caso de Cecilia Inés, de 16 años de edad, encapuchada y engrillada en los altillos de la Casa de Oficiales de la ESMA. La habían capturado gracias a los datos que había proporcionado su hermana, a quién le habían dicho que sólo la iban a interrogar. Su hermana creía que así le salvaba la vida. Cecilia Inés permanece hoy en situación de desaparecida.
Subversión, una palabra que ha sido declarada culpable, y de la que debiéramos conocer su significado real.

  Ellos vinieron con las armas, y se llevaron las fuentes de trabajo. También escuché la voz del joven líder piquetero Darío Santillán, a principios de 2002, horas antes de que lo rematara la policía en Puente Pueyrredón y algunos medios intentaran hacerlo pasar como una víctima más de la crisis. “La crisis causó dos nuevas muertes”, fué el titular de Clarín, ilustrado por una foto de dos cuerpos observados por algunos efectivos. Un día después, el reportero gráfico que había capturado la secuencia logró difundir la verdad, y se supo que, se les habían levantado las piernas para que se desangraran más rápido y no pudieran ser socorridos. En la entrevista Darío dice: “antes del 20 de diciembre eramos los desocupados los que iban llevando la lucha, ahora nos encontramos involucrados prácticamente todos los sectores. El tema es como vamos coordinando las luchas para que vayan siendo mucho más fuertes.”

  Piqueteros. Los violentos, dicen las voces que declaran culpable lo que no les conviene. ¿No ves los palos que llevan a todas las marchas? Hay que entender el significado real de esos palos para cargarle las culpas a quien corresponde.

  Ellos vinieron con las armas. Ellas se encontraron primero en las Comisarías, en los Hospitales, en los Tribunales, y compartiendo su miedo y su angustia, caminaron en la Plaza de Mayo. Circulen, les dijeron. Y ellas escucharon y nunca se detuvieron. ¿Quién puede pararse frente a una Madre o una Abuela y no ceder ante ése dolor? Hablo de Estela Carlotto, que esta semana salió al cruce de los medios que intentaban sembrar discordia en el movimiento de DDHH, diciendo que ella se iba a encontrar con el Presidente de EEUU. “Eso no es verdad, y en todo caso si se produce una reunión será con todos los organismos”, aclaró. Hablo de Hebe de Bonafini gritando en Plaza de Mayo, sí, como una loca: “El otro soy yo”.

  Las madres. Las locas de la plaza. También culpables de criar hijos comunistas, gremialistas, culpables de criar hijos culpables. Hay que entender qué es que te arranquen a tus hijos, a tus hermanos de tu casa. Hay que entender porqué.

  Durante el Proceso se perdieron vidas, en su mayoría culpables. Culpables de querer construir orgánicamente una sociedad más justa. Si nos olvidamos de todo, no nos olvidemos de que el exterminio fué sistemático. Y que es una herramienta que fué utilizada ayer y sigue siendo utilizada hoy.

  Alcanzar la justicia para la sociedad en su conjunto va en contra del interés de los poderosos de turno, cuyo poder emana precisamente de mantener el control sobre el resto de la población (control social, económico, alimentario, de vivienda, de trabajo, de los cuerpos). No es el poder de crear, de producir, sino el poder de apropiarse. De ser dueño.

  A esto es obligatorio  resistir, y esta resistencia toma diferentes formas. Luchar por el nuevo edificio del Secundario, por ejemplo. Participar, reclamar, denunciar, construir. La democracia lleva mucho trabajo pero, si no hacemos este trabajo, nos sacan la vida de las manos.

  Otra cosa que quisiera que recordemos es que a la Democracia no la ejercemos sólo en el minuto que votamos: la ejercemos cuando vivimos, cuando comemos, cuando trabajamos, cuando escuchamos al otro y construimos con el otro que me acompaña, que me interpela.

Cecilia, Dario y Maxi, Azucena, están presentes acá hoy, llamándonos a seguir involucrados. Construyamos Justicia, para que “culpables” sean los que cercenan vidas, los que venden o envenenan nuestro futuro, los que no nos dejan crecer en libertad.