sábado, 8 de octubre de 2016

gendarmería no pide disculpas

(Intenté escribir esta entrada en un tono más "literario", pero se vé que, cuando me toca a mí, no me sale.)

El miércoles pasado, 5 de octubre, viajé a Calafate por un problema de salud. Pensaba bajar en la entrada, pero el chofer del micro de CalTur me avisó que no estaba parando más en el Hospital, porque lo habían suspendido por hacer eso. Parece que la jefatura de la empresa no ve el mismo problema con entrar al Aeropuerto, a pesar de que tampoco tienen permiso. Será mas cool incumplir la ley dejando turistas en el Aeropuerto que locales en el Hospital. En fin, a nuestro tema de hoy.

        En la entrada de Calafate, unos quince o veinte minutos antes de las 11:00 hs, como ya es habitual, subió la Gendarmería a revisar la documentación de los pasajeros y la lista de los ídems. Una femenina y un masculino, pidieron documentos y leyeron, o hicieron que leían, porque a veces una no está segura. Terminada la ronda, la femenina se acercó al masculino y le comentó algo.

        Ahí ví la primera lucecita roja: al subir yo también había notado un perfume fuerte en el pasillo. Algo dulzón, sahumerio.

        El masculino miró a los que ahora nos habíamos convertido automáticamente en traficantes de droga, a saber: esta chica, del otro lado del pasillo de esta chica un señor viejito del pueblo, atrás de él un treintañero largo con pinta de jipi, y atrás mío una pareja de turistas extranjeros.

        Parece que esta chica tiene una pinta de traficante que voltea, sobre todo cuando se le está partiendo el pecho por lo que, horas mas tarde, la amable médica que la atendió en el Hospital determinaría que no era un problema cardíaco, sino gástrico. Sé que exagero un poco (¡bueno!) con la combinación de colores en la ropa, pero de ahí a resultar la principal sospechosa de este grupete... El jipi estaba, de lejos, antes que yo.

        Entonces, el masculino me dijo que necesitaba que bajara del micro. Yo le respondí que no, que no había razón y que me quedaba ahí. Él me pidió revisar mis pertenencias. Le dije que sí, pero que él no, que su compañera sí podía, que yo se las iba a mostrar. La femenina se acercó y empecé metódicamente a desarmar mi mochila y mostrarle cada recoveco. A la mitad, mi cuerpo se empezó a poner nervioso, por más que intentara respirar hondo. Me temblaban las manos con una mezcla de miedo, impotencia, bronca, todo lo que me viene bullendo dentro cuando pienso en estos abusos de autoridad. Yo las ignoraba y no sentía nada, cabeza fría y a respirar hondo. Pero las manos gritaban. Dejé para lo último mostrarle la netbook de Conectar Igualdad. Ahí a la femenina algo le hizo ruido con su veredicto, pero siguió la requisa.

        Terminé de mostrarle la mochila, y me pidió que le mostrara la campera, así que procedí a abrir cada bolsillo y mostrarle el contenido.

        Pero ahora había pasado a ser más sospechosa todavía, porque me temblaban las manos. La femenina se lo dijo al masculino ("Está nerviosa") y el masculino me preguntó porqué. Le respondí que porque ellos eran dos y estaban armados. Ahí él empezó un par de vueltas de "éso no tiene nada que ver", la que terminé después de un par de loops con un "bueno", y un encogimiento de hombros. Me pidió que le dé el documento. Le dije que no se lo podía dar, que se lo podía mostrar si quería, y no insistió. La femenina me preguntó si no tenía problemas en sacarme el pantalón arriba del micro, a lo que le repregunté porqué iba a pedirme eso, si yo estaba cooperando y le había mostrado todo. Ella dijo que por el olor. Yo le dije que lo único que le podía decir sobre el olor, era que no era mío. El masculino me espetó un bastante violento "¿Usted consume estupefacientes, no?". No lo podía creer. Le respondí que no, que como iba a consumir estupefacientes, si eran ilegales. Ése fué el único cinismo que elegí permitirme. Los únicos que estaban incumpliendo la ley eran ellos dos, que no tenían su identificación a la vista (estaban usando unos chalecos fluorescentes arriba y, por más que miré, no se veían). Por supuesto, ésto último no se los dije: yo necesitaba llegar al Hospital.

        Se bajaron los dos del micro, pero no arrancábamos. El viejito me dijo: "Piba, esto va para largo" y bajó a fumar. El jipi lo siguió. La familia del Papu (estudiante de la EPJA Primaria) se bajó ahí, tenían turno en el Hospital. Cuando finalmente llegué al Hospital me los crucé a él y al padre, que me dijo que no podía creer que me estuvieran revisando a mí (ellos estaban en el fondo y no veían a quién estaban requisando), y me preguntó qué era lo que llevaba. Una también quisiera pensar que este tipo de procedimientos se los hacen solamente a los culpables criminales malos malísimos y que esta chica seguramente algo habría hecho, pero una viene leyendo los diarios del mundo y ya perdió la inocencia hace rato.

        Al minuto subieron al micro el viejito y el jipi, y este último me dijo, "quedate tranquila, Flaca, que ya negociamos". Ni le quise preguntar qué habían "negociado", pero el loco estaba incontenible. Yo creo que era uno de civil, porque si no no se explica que no haya sido él el primer "sospechoso", por portación de jipismo flagrante. Y agregó, haciéndome oler su riñonera de aguayo (vaaaamos), que tenía una plataforma arómatica de patchouli de al menos el mismo tamaño que nuestra plataforma submarina. Hijo de puta(*), podías haber saltado antes a aclarar las cosas. La gente se divierte barato con el sufrimiento ajeno. Mi venganza silenciosa fué sonreirle cuando me tiró en broma un "Vamos miti-miti, ¿eh?". Quedate con la duda, salame.

        El micro arrancó y finalmente llegué a la Terminal, desde donde me dediqué a seguir mi vida después de esquivar un par de tiritos del jipi, que supongo que pretendía que le diera las gracias. ¿Ah, mi héroe? Salame. Lo saludé al viejito y, mientras caminaba hacia mis trámites, llamé por teléfono a unos amigos en Calafate para avisarles lo que había pasado, porque tenía las tabas de gelatina. Y porque tenía miedo.

        ¿Y recibir disculpas de nuestros defensores de la frontera?

        Las espero sentada. No fué ninguna equivocación. Ellos estaban haciendo el trabajo para el que los entrenaron y formaron: culpabilizar, vigilar y controlar a la población.

        Conocé tus derechos. La próxima vuelta te toca a vos. No dejes que te bajen del vehículo, no les des tu DNI, mostráselos de lejos con testigos cerca. Siempre con testigos cerca, mirando todo. Siempre con el respeto que vos te merecerías, aunque no sea recíproco. No tenés porqué responder nada. Sin una orden judicial o sin flagrancia, no pueden tocar ninguna de tus pertenencias. Asesorate y evitá problemas. Poné un límite.


(*) Sí, yo también uso insultos y malas palabras, cuando es oportuno. He recibido aplausos de pié.

sábado, 4 de junio de 2016

gendarmería celebra el Ni una menos

El jueves 2 de junio, el micro de las 18:00 que venía desde Calafate a Chaltén, fué detenido por Gendarmería como es rutinario, a la salida de Calafate. Al micro subieron dos gendarmes. Hasta aquí, lo que suele pasar, suben, te piden el DNI para revisar la lista de pasajeros (o a veces sin la lista, deben tener una memoria prodigiosa estos muchachos).
  Casi todo “bien”. Una, que tiene ganas de llegar a su casa y que cree entender que algo están haciendo, porque la explicación de esta demora debe tener que ver con el tema de la trata de personas, o algún operativo; le alcanza al operativo su DNI, o su cédula-vencida-que-ya-no-existe-más-pero-donde-salí-mejor-en-la-foto, y sigue camino.
  Pero esta vez no estuvo todo “bien”.
  El gendarme le pidió a la pasajera que abriera su mochila. Cabe agregar aquí que la pasajera en este caso es una mujer curtida por la vida, de entre 40 y 50 años, que viajaba con su hija de veintipico, embarazadísima de muchos meses la joven, y que la pasajera en cuestión venía de hacerse un estudio de contraste de esos que te dejan tirada y sin defensas. 

  Acá con la mochila no hay forma de zafarla, ¿qué motivo tiene un gendarme masculino para revisar el bolso de mano de una pasajera femenina, con DNI de la zona, en la lista de pasajeros?
  El menos-que-humano le hizo sacar sus medicamentos de la mochila, amenazó por radio que la mujer llevaba medicamentos “sin receta” (¿una tiene que cargar permiso de portación de los remedios que usa?).
  El sabueso del terror le pidió que sacara la ropa interior que la mujer tenía dentro de la mochila, y que le mostrara “más abajo, más al fondo”, lo que tenía en el bolso.
  El abusador le hizo explicarle y rogarle por sus medicamentos que llamara al puesto sanitario de Chaltén para confirmar que ella estaba autorizada a transportar esos remedios.
  El malnacido trabajaba con un compañero gendarme, que no detuvo el abuso, y con la complicidad del resto del micro, que no dijo nada.
  Cuando se bajó del micro, después de terminar su “trabajo”, el gendarme prendió un cigarrillo y compartió unas risas con sus compañeros del destacamento. Después de esta escena, se prendió un pucho. Dejo al criterio de quien lee la interpretación de este acto.

Uno acá tiene que pararse a pensar un poco, porque el reflejo es indignarse y cuestionar a la víctima por no haberse defendido. Es lo que me pasó a mi ayer a la noche, cuando la estudiante de la EPJA Primaria me contaba lo que les había hecho a ella y a su hija este agente público que se supone que debería estar protegiéndolas, cuando volvían de los controles médicos que se habían hecho en Calafate. Y yo, imbécil, lo primero que pensé fué: “éso a mí no me puede pasar” y “yo no dejaría que éso me pase”. ¿Qué me “defiende” de éso? ¿Mi color de piel? ¿la tonada con la que hablo? ¿mi título universitario? No debo poner en la víctima la responsabilidad de la defensa. Debo culpar al atacante por las faltas cometidas. No debo poner en la víctima la responsabilidad de la defensa. Debo culpar al atacante por las faltas cometidas. Repetir mil, dos mil, las veces necesarias, hasta que lo entienda.

  Dos mujeres, una embarazada de muchos meses y su madre, que una noche quieren llegar a su casa viajando 220 kilómetros y que intentan cumplimentar con lo que les pide un supuesto oficial de seguridad. En vez de eso, son menospreciadas y amenazadas por un loco armado con poder.

  ¿Qué detiene este tipo de accionar abusivo por parte del personal de Gendarmería? Una, una sanción por parte de la superioridad por abuso de poder. Otra, una denuncia pública de que este tipo de acciones no pueden tener lugar.

  Otra más, y la primera, una reacción de parte de todo el pasaje del micro. Porque, como me podría pasar a mí, cualquiera iba a intentar causar el menor problema posible con tal de que no la “bajaran del micro” (el último micro en el día, lejos de casa, sintiéndome mal, viajando con la panza de mi hija que cada vez se pone más nerviosa). Inclusive comerse el abuso. Pero si más personas del pasaje del micro le dicen al inhumano que se detenga, que explique ese accionar, el operativo de abuso se detiene. Porque no hay explicación. Ninguna de estas acciones (desde el pedir la documentación en adelante) es legítima. Solamente las legitima nuestro acuerdo de que cooperamos con ellas.

  Cuando decimos Ni una menos decimos que el abuso no puede dejarse pasar. No es casual que esto le pase a dos mujeres viajando “solas” (solas en un micro con otra decena de personas, muchas vecinas de su localidad). Cuando decimos Ni una menos significa que hay que hacer lo que uno pueda para detenerlo, que no estamos solas cuando viajamos.


  Espero que alguien levante estas líneas y pueda hacer algo más. Pueda continuar con el siguiente paso en la cadena de pasos que haga que este infrahumano ya no le pueda hacer ésto a otra persona que quiera llegar a su casa, viajando 220 kilómetros en medio de la noche helada que tuvimos el jueves pasado.