domingo, 16 de agosto de 2009

aasu sereburaashion '09: día uno


Ayer fué día de relax, aunque a la mañana me levanté tempranito para hacer un workshop de una hora en el Taiko Center, que está cerquita de la villa de Kodõ. Además de eso y de ir a buscar los tickets para la EC, hoy no tenía otro programa. Y necesitaba recuperarme de anteayer.

Entonces, 4.5 km hasta el Taiko Center y llego un rato antes para chusmear las instalaciones. Hay como quichicientos okedo y dos tambores gigantes de una madera hermosa. Creo que voy a necesitar salir con un babero en la mochila.

Me acaba de decir una de mis compañeritas de habitación que existe tal cosa como el helado de jelly fish (no, no de jelly belly, popote, jelly fish). Y que es salado... va a parar a la lista de cosas para probar.

Entonces, volviendo al workshop de ayer, una intro al taiko de una horita, con paseo en los diferentes tambores y una cancioncita sencilla para practicar. Qué fuera de forma que estoy. El profe, Shinchan-sensei, impresionante. Pasó de sonreír como un maníaco a la cámara de mis vecinas de asiento a darle al õ-daiko como un desaforado y a sonreír de nuevo cuando terminó. Impresionante. Divertido también, me maté de la risa. Necesitaba darle al tambor un rato.

A la tarde, después de intentar subir infructuosamente al Shiroyama (se escuchaban los taikos del ensayo por todo el pueblo, pero los ninjas acechaban), nos fuimos con M. (compañera de habitación) al onsen que tenemos cerquita. Relax total.

Y hoy a la mañana enfilamos también con ella a buscar las entradas numeradas tempranito, a eso de las 7 y monedas estábamos ahí. M. es una australiana que vive en Japón desde hace unos doce años y enseña inglés. Me cayó muy bien de entrada, así que estuvimos charlando un buen rato de un montón de cosas. En la cola nos encontramos con K., una profesora de inglés japonesa que tiene una escuela y que se había encontrado con M. el día anterior en Shukunegi (un pueblito que está acá cerca y que voy a ir a visitar un día de estos). K. nos cuenta que, cuando el marido le propuso casamiento y ella aceptó, lo siguiente que le propuso fué irse a viajar tres años por todo el mundo, via barcos y transporte terrestre. Romántico, ¿eh?. Nos cuenta anécdotas de viaje. Grafica con los brazos la bajada en la cuenta bancaria correlacionada con la subida en las experiencias interiores que tuvieron.
A las nueve empiezan con la repartida de las tarjetas de colores y nos toca el segundo grupo de las azulitas, que parece que vamos a estar bastante cerca. Luego salimos a cazar un desayuno por ahí hasta que se hace la hora de nuestro workshop, Kasuga Ondeko (baile de unos demonios parecido al de Õda). Cada pueblo tiene su estilo de Ondeko, con pasos y detalles diferentes. En este caso el estilo que nos mostraron es el de Ryotsu (por Ryotsu Kasuga Onigumi). Tiene dos sub-estilos, el baile que hace el demonio masculino (máscara con la boca cerrada) y el femenino (máscara con la boca abierta). Nos enseñan una versión simplificada del masculino, que es más sencillo que el femenino y es el que se aprende primero. Me encantó. También me ayudo que conocí a J., una voluntaria que está de aprendiz acá, pero que vivió un tiempo en Bolivia y que me tradujo las explicaciones. Después nos seguimos encontrando por ahí, muy amable. Varias de los voluntarios con los que estuve hablando trabajan en organizaciones no gubernamentales relacionadas con el desarrollo o el medio ambiente en América latina.
Al salir del workshop me cruzo con una chica (A.) que me sale preguntarle en español de donde es. Bueno, parece que todo el mundo hace eso :) Me dice riéndose que es yanqui, pero originalmente de Irán, de ahí el tipo físico. Nos ponemos a hablar después y fué una de las personas que me encantó conocer en la EC, super alegre.

Y después de conseguir un almuerzo, sale mi micro para el taiko center, al workshop de Miyake. Nuestra otra compañera de habitación (F., una irlandesa de Galway), también está anotada en ese, así que lo hacemos juntas.
El workshop es con la gente de Miyake que le enseñó el estilo a la gente de Kodõ (que es una isla chiquita al sur de Tokyo). Lo primero que hacen es una demostración. Me siento en primera fila y, cuando empiezan, temo por mi integridad fisico-auditiva. Ay dió, como le dan al taiko. Parece que lo están hachando (y salta un pedazo de bachi en algún momento también). La precisión, el poder de los golpes esos. Cuando cantaron Kiyari se me puso la piel de gallina.
Había un chico con síndrome de down en la clase, y fué interesante ver como los instructores le dedicaban una atención especial. Varios chicos chiquitos también (set de bachis especiales, más livianitos).
Nos separaron en cuatro tambores y primero practicamos la frase de miyake con y sin bachis, fuera del tambor. Después en el tambor, mitad del grupo dándole a la base de un lado y la otra mitad tocando la frase y rotando, cambiando en el medio mientras la ibamos tocando. Apenas empezamos veo la postura de otra de mis compañeras de grupo. Esta chica toca taiko, obviamente. Cuando salimos le pregunto de donde es y me dice que de San Francisco Taiko Dojo (ver post anterior “Taiko para campistas”). El novio también está en el workshop y, a medida que vamos avanzando se le nota un cambio en la postura increíble.
Sobre esto, me pareció interesante el método que usaron para corregir las posturas. Después de un rato, cuando ya habiamos sacado el esquema de rotación (tanto en el mismo lado, como pasar de tocar la base a la frase y viceversa), nos empezaron a rotar de tambor, así que del primero, mi grupo pasó al segundo. En cada tambor/estación la gente de miyake corregía algún tema puntual, en una estación era el movimiento de piernas, en otra la postura de los brazos, o el lugar donde uno le daba al tambor, o como cambiábamos sobre el taiko.
Había que verla a la galesa en polleras dándole al parche! Mirando alrededor, las posturas de algunos eran impresionantes. La energia en los movimientos que tiene este estilo.
Terminé con una ampollita nueva en el dedo índice derecho, arriba de la parte interna del nudillo del lado del pulgar. Lugar raro, casi se me cae el dedo. Cuando hacemos un corte, veo otras dos chicas que están quedándose en el hostel, me cuentan que son de Canada, de un grupo de un templo (Steveston Tera Taiko), de Vancouver. Otro chico de Otawa, de Otowa Taiko (que recién me doy cuenta que es de Otawa dos días después, cuando me encuentro en la subida a Shiroyama con otras chicas del grupo y me deletrean Otawa. Ay, estos acentos.) Y, cuando estabamos sacandonos las fotos con los taikos y con la amabílisima gente de Miyake, veo un muñequito de lana conocido arriba del taiko con forma de raíz de árbol... ¡estaba el chico de Las Vegas taiko que vi el año pasado en Grass Valley! Estaba con su sensei, que ahora está viviendo por acá y que es el hermano de la chica que los teje.
Así que nos volvimos en micro a tiempo para hacer la cola y subir la colina (el parque está en la cima del Shiroyama), que es bastante empinadita, mire ud. Cigarras y perfume de jazmines nos acompañan en la subida. Perdimos a algunos integrantes de la troupe en el camino, pero enfilé directo y sin pausa al lugar mas cerquita del escenario que pude encontrar y terminamos las tres en tercera o cuarta fila. Bastante bien. M. empezó a sacar aislante, lonas y comida del bolso, F. y yo aportamos algun bocadillo y el padre de la familia que teniamos al lado empezó a alimentarnos con todo lo que habían traído en la heladera (algo que escuché varias veces es que cuando alguien te convida algo de comida se responde 'sumimasen', disculpe, al aceptarlo), así que estabamos oblongas para cuando... para cuando...


El escenario estaba vacío. Aparecieron Don y Doña Fujimoto y abrieron cantando Kiyari a duo. Casi me pongo a llorar. Bueno, no, está bien, me puse a llorar. Demasiada emoción acumulada. Cuando iban terminando empezamos a escuchar los taiko viniendo del fondo, era el resto de Kodõ con platillos y okedos y 'se armó la fiesta'.
Versión modificada de Jang-Gwara, con un juego de sombras al principio muy divertido. Una danza de Chieko Kojima con dos ramas, hermosa. La carroza de Yatai Bayahi, con banderas y todos los colores. Las caras, los gestos. Un fiesta. El primer segmento fué todo Kodõ y en el segundo se empezaron a escuchar unos sonidos de tu-tuu-tu-tuu y aparecieron tres de las chicas de Kodõ, dos con ocarina, caminando muy cómicas de costado como quien se va acercando despacito. Y presentaron a los de Bløf, repitiendo cada cinco segundos que eran encantadores, y tan altos, y encantadores, y etc.
Y subieron los de Bløf nomás, el batero con una cara de divertido como chico con un juguete nuevo. El cantante diciendo que era el lugar más extraño y hermoso en el que habían tocado.
La invitación de este grupo holandés viene por la celebración de los 400 años de comercio entre Japón y Holanda y porque los de Bløf invitaron a Kodõ a tocar con ellos un tema para su proyecto UMOJA (también estuvieron en Argentina).

Y se termina el show y bajamos de la montaña organizaditos, iluminados por las lámparas de papel que parecen pintadas a mano, me gustaría saber por quién, porque son muchas y muy lindas. En el camino, uno de los chicos de seguridad juega con una linterna, apuntando al piso y una nena va saltando cual gatito de aquí para allá, persiguiendo la luz.
Un grupo de policias apostados en un rincón están más interesados en perseguir cigarras (ah, las cigarras en Shiroyama) que en mirar a la gente. Je.

Y nos sumamos un rato a la danza de Ogi Okesa por el pueblo, en una de las callecitas principales alrededor de una carroza/yagura. Paso difícil y estamos muy cansadas, así que damos una vuelta y nos vamos de regreso al hostel.

En el camino, mientras estamos tratando de re-encaminar a una pobre lumbriz que estaba sobre la calle (“estúpidos humanos, ¡es la quinta vez que no me dejan cruzar!”), nos pasa un ciclista que es el mismo que me crucé de ida al Taiko Center ayer a la matina... tengo la sospecha de que sé quién es.

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