sábado, 12 de noviembre de 2005

El miedo

Una vez soñé que el miedo era un hombre de traje gris, impecable, que estaba condenado a comer eternamente un guiso aceitoso lleno de grumos. Lo comía con gusto y cada vez que el cuenco del que comía se llenaba venían dos mozos, trayendo ollas de las que volvían a llenar el cuenco. Creo que este no está en Sleepyminds.

Hoy venía caminando a la mañana y me acordaba de ese sueño y de un texto que tallereamos hace mucho, una mezcla de algo que me pasó con mi hermano una vez. Que cosa rara, el miedo. Y lo más rídiculo de todo es que ahora recuerdo la sensación de terror que sentí al cruzar ese río y me da risa. El miedo es subjetivo y temporal, entonces. Al menos para mí. Uno cambia tanto.

Ahora no recuerdo en qué novela de ciencia ficción decían que uno podía reirse de los fantasmas, mientras fuera de día. Pero a la noche...
(¿Sería en Ciudad, de Clifford Simak? ¿Mutante, de H. Kuttner?)

El Frías

Ya venía preocupado por los carteles que habían encontrado en la senda. Se suponia que tenían que llegar al río antes del mediodía para cruzarlo sin problemas. Después, el sol iba a calentar el glaciar, el deshielo del glaciar iba a aumentar el cauce... y finalmente ellos no iban a poder cruzar. Otro día parados.
No era el primer problema que tenían. Sergio había estado a punto de tirar la carpa al río un par de veces y al final se había caído él en un arroyo. Alguien tendría que mandar a alguno de los guardaparques a hacer un curso de construcción de puentes, cada vez que cruzaba uno de los troncos enclenques que habían cruzado al tuntún sobre los arroyos tenía miedo de caerse y romperse una pierna. Y después los tábanos. Pero eso ya estaba solucionado. Nada más tenían que evitar intoxicarse con el Off.
No era que no disfrutara del paisaje. Era hermoso, pero se sentía fuera de lugar. Y algo no encajaba. El lugar mismo no los quería ahí. Habían intentado, él y Sergio, tomar por un atajo y cruzar antes el primer río que pasaron por un lugar más pandito. Del otro lado los esperaba una maraña de arbustos espinosos. Finalmente, y por alguna razón que todavía no podía entender, se habían terminado cayendo los dos al suelo, exactamente en el mismo momento. Solamente se miraron, y en silencio decidieron volverse, al lugar donde se suponía que sí podían estar.

Y ahora el último río, adelante, y después un par de horas más de caminata, y el puerto. Ya estaban por llegar. Solamente deseaba que el Frías fuera tan sencillo de cruzar como los anteriores riachos.
No era así, aunque se notaba que hubiera podido estar más crecido. Ya era la una pasadas, se fijó en el reloj. No quería mirar el puente. Si eso se podía llamar puente. Un árbol grande, cruzado sobre el río. Y una soga, para agarrarse. Estaba bastante correntoso, y tendría un poco más de medio metro de profundidad. Probó el peso de la mochila, y su equilibrio.
-¿Estás bien? -le dijo Sergio.
-Sí, todo bien, no te preocupes.
Pero no, no estaba bien. Ya estaba sintiendo vértigo solamente de ver el agua corriendo, y las piedras sobre las que iba a golpearse cuando se cayera.
-Te llevo la mochila -Sergio se había dado cuenta del miedo que tenía-. Esta complicado, pero si vamos despacito no va a haber problemas.
-No, no, yo puedo.
Pero le temblaban las piernas cuando trató de agarrarse a la raiz del tronco para empezar a cruzar. Se iba a caer. O Sergio se iba a caer y él no iba a poder ayudarlo. Pero tenía que cruzar, y no había otra. Probó el equilibrio con la mochila una vez que estuvo arriba del tronco. Todavía estaba en la orilla, hacia el centro de la corriente el agua ya estaba arriba de la madera. Iba a estar resbalosa.
Algo zumbó en el oído. Mierda. Una de esas avispas. Justo ahora, y esta era de las grandes. Lo único que faltaba era que lo picara y Sergio tuviera que arrastrarlo, la reacción alérgica podía ser terrible, ya le había pasado. La apartó con la mano y el movimiento brusco lo desbalanceó. Casi se cayó al agua.
-¿Que pasa, Claudio? -le gritó Sergio desde la otra orilla. Ya había cruzado y él no había podido ver como lo hacía.
-Nada, una puta avispa. Me cago en la puta avispa, justo ahora -siguió agitando los brazos hasta que el insecto se alejó volando.
-Dejá que te llevo la mochila -Sergio le sacó la mochila de los hombros, había cruzado de nuevo mientras él se peleaba con el bicho.
Sí, era lo mejor. Le dio la mochila y lo ayudó a ajustarla. Lo miró mientras cruzaba, el corazón le golpeaba en el pecho y la sangre se le agolpaba en las orejas. Trató de no olvidarse de respirar. No era fácil. Empezó a cruzar, se agarró con fuerza a la soga, tratando de llevar el peso hacia el otro lado. La madera tenía verdín resbaladizo, ahí justo donde la corriente era mas fuerte. Sergio le gritaba algo desde el otro lado. Trató de entender lo que decía.
-¡Ya llegás! Dale, que esta noche estamos en la casa de Gaby, tomando unas cervezas.
Todavía tenía ganas de joder, el bastardo. Trató de reirse, y se sorprendió. No era tan dificíl. Estaba cruzando. Las manos le dolían un poco, pero si caminaba con cuidado podría llegar sin problemas.
Hasta que se terminó el tronco. La soga seguía unos cinco metros más. Y no podía ver el fondo, el agua estaba turbulenta.
-¿Estaba muy hondo, che? -le dijo a Sergio, tratando de gritar más fuerte que el Frías.
-No, hasta la rodilla. No te soltés, nomás.
Podía equivocarse y apoyar el pié en un pozo, y caerse. Y las piedras, de nuevo. El río daba un par de saltos más adelante, y había unos cincuenta metros hasta el primer lugar donde poder frenarse.
No había otra.
Metió el pié en el agua, despacio, sin bajarse del tronco. Pero no hacía pié, y ya estaba inclinandose demasiado. No iba a poder hacer equilibrio. Sergio lo distrajo y tuvo que volver a subir el pié izquierdo.
-Sí, dale, es ahí. No pasa nada, es hasta la rodilla nomás.
-Sí, sí, escalador, para vos es fácil.
Trató de nuevo. No iba a pasar nada. Era simple. Solamente tenía que apoyar el pié ahí, y ya. Pero para eso tenía que bajarse del tronco. Volvió a bajar el pié, hasta que tuvo que terminar de apoyar el peso. Soltó el tronco, y se desestabilizó un poco cuando hizo pié, pero no se soltó de la soga. Dudaba que pudiera soltarse cuando llegara a la orilla.
Ya era fácil, la corriente hacía dificil los pasos, pero en unos segundos estuvo con Sergio.
-Para vos es fácil, Sergio. Vos te viniste re-preparado.
Y se acordó. Se quedó mirandolo a Sergio, y al equipo que había traído. Y se tiró al piso, riéndose si poder evitarlo
-Somos unos pelotudos, negro.
-¿Qué pasa? ¿nos dejamos algo?
-No tarado, los mosquetones. Tus putos mosquetones de medio kilo que para lo único que estás usando es para enganchar el termo a la mochila.
Sergio se sentó al lado suyo. Se quedaron un rato, sentados, riéndose, mientras se le pasaba el temblor de piernas.

1 comentario:

Bárbara Din dijo...

Oh! Me olvidé de comentar este cuentico. Me gustó! Debo decir que, como te conozco, más bien veía tu imágen como la del protagonista y no a un hombre. Pero me gusta cómo llevás el relato de manera fresca y con ese toque de cotidianeidad que te hace sentir que estás ahí.