sábado, 6 de agosto de 2011

ante el altar del miedo

Como lo que sobra en el invierno es tiempo para pensar, me propuse pensar sobre el miedo, algo que me resulta bastante molesto. El texto que sigue es parte de ése experimento, que incluye otras cosas que ya irán apareciendo por acá o por allá. Y creo que viene al caso hoy, a 66 años de Hiroshima y en las vísperas de Nagasaki, cuando el terror tomó una forma distinta a la que conocíamos; una forma más terrible. Hace dos años, estaba en una isla frente a la costa de Nagasaki y escuché las sirenas. No entendí qué eran y, cuando me explicaron que era para recordar el bombardeo, sentí lo mismo que había sentido hace mucho, en el momento que, viajando por una autopista en las afueras de San Francisco, me dí cuenta que los cientos de placas blancas de piedra que cubrían una lomada de pasto verde eran tumbas de jóvenes, muertos en una guerra muchos años atrás. La sensación de que te arrancan el aire del pecho de un golpe y que no podés volver a respirar porque los golpes no se detienen.



    En el altar del miedo se ofrendan nuestras vidas. Ante el miedo, la primer reacción es paralizarse, la segunda es huir. Sobre eso construimos artefactos sociales, extravagancias del comportamiento como responder a la agresión, defender a la prole o que nos guste que nos agredan. Pero en nuestra soledad primaria, bien ahí dentro, lo que queremos es evitar a quién o qué sea que nos esté agrediendo.
Otro artefacto social que nos inventamos es este de que podemos preveer la agresión, el accidente, el dolor. Eso es imposible, pero igual lo creemos posible. Para eso limitamos nuestra acción, nos imponemos vigilantes. Y al imponernos vigilantes nos transformamos no en quién guarda a su semejante, sino en quien encarcela, quien delata. Alimentamos a quien juzga.
Entonces, para lograr un objetivo que no podemos alcanzar nunca (la “seguridad”) nos recortamos las vidas de a poco, vamos reforzando la coraza que nos protejerá de algunas cosas, pero que cada vez nos deja menos lugar para movernos.

Vivimos en la era del miedo: miedo de comer, de respirar, miedo de hablar, miedo de dejar correr a la prole fuera de nuestra vista, miedo de estar desconectados, miedo de que nos maten, miedo de que nos dejen afuera, que nos echen, que nos discriminen, que nos maltraten. Cualquier seguridad que nos prometan justifica el agregarle un barrote a la jaula.

Está en la naturaleza humana aprovechar el poder otorgado y tomarlo como un permiso para legalizar el abuso, sin considerar la moralidad de las acciones. Esto pasa en las cárceles, en las organizaciones militares y en las escuelas, por mencionar algunos lugares. Esto pasa cuando cedemos nuestra libertad en nombre del bien común sin detenernos a pensar si el “bien común” nos va a hacer bien.
Lo único que interesa pensar es si este abuso es legal y la legalidad está siempre del lado de los intereses que proteje. La ley proteje al poder y el poder ajusta la ley para que lo proteja. El poder construye la legalidad, no nuestros usos y costumbres. Eso es lo que sucede, que no es lo que debería suceder. Porque somos quienes no tienen poder o quienes no quieren tenerlo.

En las últimas semanas vengo escuchando y leyendo sobre esta idea, la idea de que algunas cosas que se proclaman necesarias para desarrollar tareas de protección de las personas, como lo son la tortura y la vigilancia de individuos de interés no deben ser consideradas un instrumento legal, una opción aceptable para supuestamente defendernos de males peores. La idea de que la vía del mal menor es una opción falsa. Que todos los días sepamos de personas que son torturadas y encarceladas sin cargos o procesos judiciales, va acostumbrando los oídos, insensibilizando. Esto es algo que nos hace menos hombres y mujeres.

Pero la tortura está mal, mal en cualquier contexto. Es exactamente lo mismo que desaparecer, pero en este caso los derechos se pierden a la vista del mundo. O se pierden de una manera cada vez más evidente a la vista del mundo. Y el mundo sigue girando. Sabemos que se tortura, dónde y a quién, y cómo. Podemos leer los mismos manuales que usan los torturadores y prender la tele y ver una sesión de tortura en tiempo real. Ya no nos importa. Quizás, si nos provoque algo, sea curiosidad. Algo terrible.

En el altar del miedo se ofrenda una vida ¿es la tuya?

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